Elogio de las campanas

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL

Ramón Loureiro

Siento un especial afecto por el sonido de las campanas, que siempre me ha parecido una de las más hermosas voces del cielo. Me alegra, y mucho, que la Unesco haya declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad la labor de los campaneros. Y no puedo evitar emocionarme un poco cada vez que —como en este preciso instante— el viento trae hasta donde estoy el tañido de las campanas que mejor conozco: las que hasta yo, hace muchos años —y disculpen que me saque en procesión a mí mismo—, toqué un día. Las campanas me traen el recuerdo de un tiempo que ya se ha ido para siempre. Un tiempo al que solo consigo volver en sueños o cuando, como ahora, escribo (les escribo a ustedes, que siempre están ahí tan generosamente) con una pluma estilográfica que me regalaron en el siglo pasado y que, por fortuna, todavía conservo. Escribo con tinta azul en cuadernos cuyas hojas tienen el color de la piel del melocotón. Y la verdad es que lo hago, sí, con una letra cada vez peor, que a menudo no consigo descifrar ni yo mismo.

Vuelvo a leer al Torrente Ballester que más me gusta, al que entre el Ferrol de las Luces y el Serantes de los Sueños creó un universo propio, y me parece estar oyéndolo hablar de nuevo. A ratos regreso también a las páginas de Torrente Ballester, mi padre, el extraordinario libro de Gonzalo Torrente Malvido, y compruebo, una vez más, que el autor de Los gozos y las sombras es tan grande que no se acaba nunca. Don Gonzalo sabía muy bien que el sonido de las campanas puede llegar a construir ciudades. Sin ir más lejos, donde Europa comienza.

Ramón Loureiro