Habrán ustedes observado, sin duda, que tampoco este verano se ha aparecido aún, a pesar de lo muy avanzado que va ya el mes de julio, el monstruo del lago Ness. Nessie, para los amigos. Cosa que no deja de ser una pena, si bien se piensa. Porque siempre es buena cosa —o eso me parece a mí— lo que, además de invitarnos a soñar, no le hace daño a nadie. Aunque, y todo sea dicho de paso, eso de que el monstruo del lago Ness no hace ningún daño no siempre fue así, según nos desvelan las crónicas del pasado.
Crónicas que nos dicen que, allá por el siglo VI, el mismísimo San Columba, que andaba predicando por Escocia, se encontró con que los pictos, habitantes de las tierras que rodean el lago, estaban dando sepultura a uno de los suyos, víctima precisamente de un ataque del monstruo. Y aseguran que en ese preciso instante el gigantesco animal se apareció de nuevo, intentando dar alcance a un hombre que atravesaba el agua a nado, pero que la profunda fe del santo, que conminó al monstruo a largarse, logró salvar al nadador. Un prodigio que, además, dejó muy conmovidos a todos cuantos contemplaron el milagro desde la orilla, que se convirtieron al cristianismo de inmediato.
(Quizás podríamos anotar que las crónicas de aquellos días tan lejanos también sostienen que aunque en tiempos de aquel San Columba, de San Columba de Iona, el monstruo se aparecía en el lago Ness, en realidad no vivía en él, sino en el río que se nutre de sus aguas. Pero evitemos que, con el calor que hace, nos arrastren los detalles. Sigamos avanzando).
Yo nunca he estado en Escocia, la verdad es esa. Aunque me gustaría mucho conocer el lago Ness, con independencia de que el monstruo se me aparezca o no. Y visitar el castillo de Urquhart, que está al borde de sus aguas y que es una de esas fortalezas que parece sacada de una novela de sir Walter Scott, el creador de don Ivanhoe. Pero, apuntado esto, vayamos a otro asunto: dos amigas mías, personas ambas del mundo de la ciencia, me informan de la aparición —no en Escocia, sino aquí mismo— de un fantasma. Es cierto que ellas no lo han visto, pero ambas conocen a personas que lo vieron de madrugada, y dicen que da miedo. No consta, sin embargo, que hable. Es, al parecer, un fantasma callado.
Convendría, quizás, recordar lo que mi bisabuela recomendaba para estos casos: decía que, ante las apariciones del Otro Mundo no había que salir corriendo, sino preguntarles, muy educadamente, «¿Que requires?», por si esas ánimas se habían ido al Más Allá sin cumplir alguna promesa. Como la de ir a cualquier romería, por ejemplo.
(En Mondoñedo también vuelve a hablarse de un espectro que varias personas aseguraban haber visto ya hace años. Dicen que es el de Fray Antonio de Guevara, el autor de Menosprecio de corte y alabanza de aldea. A mí me gustaría verlo, la verdad. Y, a poder ser, conversar con él un rato).