Fue en una reunión de amigos que conversamos para, desde nuestro mundo, buscar algo que perturbe la calma chicha de la resignación de quienes, desde hace tiempo, renunciaron a provocar la tormenta (social) que podría tener el efecto purificador de la lluvia que la acompaña. Esa tarde amenazaba tormenta. Pero no llegó a tanto. Me quedo con la belleza de los rayos en el horizonte sin fin y con las gruesas, pero escasas, gotas de agua sobre la tierra, que no fueron suficientes para aliviar su sed. Esas horas vividas, con la tormenta de fondo, en compañía de personas que tienen tanto que decir, fueron impagable tiempo de serena reflexión sobre las ideas, las experiencias y la necesidad de conseguir que se oiga la voz de los que ven como peligro inminente el reduccionismo cultural, que pone fronteras de lengua, ideología o disidencia sobre lo políticamente correcto, a quienes, además de tener contrastados currículos, respiran y ejercen de ferrolanos, a pesar de los prejuicios que los excluyen o los ignoran. Muchos habitan en el mundo de la cultura, poderoso instrumento para la igualdad y la verdadera liberación personal. Pero también peligrosa arma de manipulación masiva si se instrumentaliza con fines espurios. Es necesario el impulso de éstos excluidos y de tantas obras de autores sentenciados al olvido. Porque su carisma y su fuerza intelectual pueden provocar la tormenta perfecta para despertarnos del letargo que envuelve la rutina cultural y achica su espacio para controlarlo desde trincheras como la de ideologizar la lengua o la historia. Empezando por la escuela, gobernada, en casos, por okupas disfrazados de maestros...