MHP

Nona I. Vilariño MI BITÁCORA

FERROL

La ilegible palabra del título significa paz, en ucraniano. La descubrí durante un acto, hermoso, emotivo, solidario y sin más símbolos que unas pequeñas pancartas sujetas por los presentes, en las que estaba escrita la palabra paz en decenas de idiomas. Lo llamaron «círculo de silencio». No fue un acto religioso, ni un alegato tópico para pedir la paz, sino una personal pero compartida reflexión. Quienes, con generosidad inmensa, organizaron, este y muchos otros actos similares, eran cristianos, en este caso católicos (con poca visibilidad porque «la marca» no vende) que están siempre dispuestos a regalar su tiempo, sus esfuerzos y su esperanza de conseguir un mundo más justo, única garantía de acabar con las guerras, declaradas o subterráneas, con el hambre, la trata o las pateras tramposas en busca de la tierra de promisión…

El silencio se rompió con el llanto espontáneo de un niño y los botes de un balón sobre el cemento, que unos jóvenes, tan cercanos como indiferentes al acto, se disputaban con rivalidad. Dos realidades paralelas, en un palmo de tierra. Mientras, miles de niños ucranianos que, sobre el barro o el asfalto, son arrancados de los brazos de su padre, soldado de ocasión, para salvarlos de la barbarie, estarán dejando atrás su balón y su almohada hasta no se sabe cuándo. Por eso es importante repetir mil veces y en mil sitios los círculos del silencio. Hasta que lleguen a Ucrania, al Kremlin y al mundo doliente del hambre y rescaten la paz y la justicia prisioneras de mil guerras consentidas y de la grosera equidistancia de gentes sin alma, que cuentan megavatios sin saber a qué temperatura se pasa frío.