Admito que, sin razón alguna que sustente esa manía, marzo es el mes del año que menos me gusta. Nos regala la primavera y más horas de sol, pero siempre tengo urgencia por que se termine. Todos tenemos nuestras rarezas, muchas de ellas inexplicables no solo a los ojos de los demás, sino a los nuestros propios. Sin embargo, hay dos fechas en ese mes que nos hacen detenernos y reflexionar, una de las cuales, el 10 de Marzo, es de gran significado en la ciudad.
El primer hueco en el calendario es para el Día de la Mujer, jornada que, lastimosamente, hay que celebrar año tras año para seguir poniendo el foco en las diferencias que continúan sin solventarse, y para recordarles a los que se empeñan en inventarse términos para no asumir las consecuencias macabras del machismo, la violencia sí tiene género.
En Ferrol, este 10 de Marzo fue especial, porque se cumplió el cincuenta aniversario de los acontecimientos de la lucha obrera que acabó con una manifestación de trabajadores de la antigua Bazán tiroteados por la policía franquista. Tuvimos ocasión de escuchar muchos testimonios de personas que vivieron la brutal represión que siguió a aquella movilización de la plantilla del astillero ferrolano. A los pies del monolito conmemorativo de aquellos hechos, Encarna Puentes —viuda de José María Riobó— me contó cómo esa misma noche ni ella ni su marido pudieron dormir en su casa, y él acabó después en la cárcel por aquella protesta. Ignorante, como la cría que era, de su significación en el movimiento obrero, durante años solo habían sido los padres de Patricia, una de mis compañeras de colegio.
Pienso en esos y en otros padres, como el de mi amiga Raquel, Pedro Abeledo, que pelearon por lograr una democracia en la que muchos crecimos, pero que costó muchas vidas, como se recuerda todos los marzos en As Pías.
Nos contaron aquellos días con qué naturalidad fueron todos a una los trabajadores de Bazán a reclamar primero la readmisión de sus compañeros despedidos, que les valió una buena tunda de la policía dentro del propio astillero, y un día después, unidos de nuevo, a sacar a la calle esa reivindicación de mejoras en su convenio colectivo que era, además, un desafío a la dictadura imperante.
Medio siglo después, aunque aún hay causas justas que movilizan a miles de personas, la cultura laboral imperante hoy en día está muy lejos de aquel espíritu de unidad. Afortunadamente, las conquistas en el ámbito del trabajo ya no se sellan con sangre, pero el individualismo imperante en otros ámbitos de la vida también se ha trasladado mayoritariamente a los tajos.