El grumete

José Varela FAÍSCAS

FERROL

13 mar 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Las coronas de alfileres las adquiría por unidad en La Campana, y el resto del señuelo lo manufacturaba en casa con restos de tuberías de plomo. Mi padre fue un gran aficionado a la pesca del calamar, y de sus poteras aún me admira el exacto ovillado de torzal blanco, verde y rojo que les arrollaba. En verano me permitía acompañarlo en la chalana que había construido convirtiendo el gallinero en taller de carpintería de ribera. Era una embarcación pequeña, poco más que una auxiliar para acceder a los pesqueros fondeados en la dársena de Curuxeiras entre un piélago de cabos. Tendría yo la edad de mi nieta Antía; año 1954, pues. Recuerdo a mi padre con boina, camisa blanca arremangada, piel oscura y unas zapatillas de esparto, de loneta azul o quizá blancuzca. El día era plácido y el mar de la ría, como un plato, lo que le permitía tentar alternativamente las poteras caladas a babor y estribor con una cadencia cuya lógica nunca descifré, bogar con flácidas paladas y desentenderse de los remos, caídos al costado hacia el exterior de las chumaceras y bien sujetos por los estrobos a los toletes. Instigado por la encalmada, se abandonó al garete de la brisa que nos aproximaba al muelle. En un momento, tal vez para poner coto a mi apeonada actividad a bordo me nombró grumete en funciones de serviola en proa: atento, me encomendó, por si chocamos. Lentamente, la chalupa se fue arrimando al cantil en evidente derrota de colisión hasta que, efectivamente, nuestra roda abordó los sillares del atracadero. Yo, apoyado en la tapa regala, permanecí atento a la maniobra, para poder dar el parte al patrón: «Papá, ya chocamos». Así cumplí mi primera misión náutica.