En breve, los pinares harán volar su polen para perpetuar el ciclo de la vida. Con los chubascos entre marzo y abril, las diminutas partículas de gérmenes frustrados dibujarán cenefas ambarinas en el filo de los charcos. Antes, como un apresurado preludio de la primavera, se adelanta el fenómeno. Con un invierno inusualmente cálido y luminoso como el que estamos despidiendo, ya en enero la brisa desprendió de las acacias una lluvia de glóbulos amarillos que al caer de sus madrugadoras flores colmó el aire del perfume dulzón de las mimosas. Al pie de los bosquetes de estos árboles, el suelo se acolcha ahora con un tapiz blando, frágil y ya apenas azafranado. Son estampas gozosas y gratuitas al alcance del paseante, estímulos sensoriales que apaciguan el ánimo y lo sanan de los desgarros de las noticias que enseñorean los informativos. Una caminata limpia y airea el pensamiento y le permite tomar oxígeno y ensancharse no para evadirse sino para retomar la reflexión con sosiego. Estos días, el frío adelgaza el aire y hace los olores más penetrantes y también más efímeros. Los aromas que salen al paso hilvanan un relato de modesta cotidianidad laboriosa y doméstica. Aquí, el ensamblaje del laurel y el vino blanco para un guiso de res, como un dúo de violín y clarinete; allá, pues es el tiempo, la polifonía perfumada de un cocido; más adelante, la aguda punzada olfativa de una fritura de morralla, como un pífano estridente; el inconfundible redoble del ajo con pimentón en otra sartén; o legumbres, discernibles cada una de ellas… el ataque de metales de unos callos generosamente especiados… y en campo abierto, el eucalipto, el hinojo, el laurel… y todo gratis.