Todos los años, por estas fechas, cuando llegan los días del carnaval, vuelve con fuerza a mi memoria el recuerdo de aquel jinete con dos máscaras que un lunes de entroido, siendo yo niño, vino a comprar pan a nuestra casa a lomos de un pequeño caballo del color del azafrán. Un caballo de largas crines blancas, que llevaba borlas doradas en la cabezada, y hasta puede que cascabeles. El enmascarado siguió camino después con él hacia el mar, tal vez con la vana esperanza de ver aparecer una flota entera de esos navíos que solo existen en sueños. Y entonces me dio por pensar que quien montaba aquel caballo —un animal de la misma raza que los que se criaban en el monte, a cielo abierto, pero de piel muy brillante y ensillado con una montura bordada de rojo y de verde, rematada con zalea de cordero— era el Príncipe de Dos Cabezas, señor de muy malas pulgas, hermano de sí mismo, que, como mi madre me había contado, vivía en la Torre de Caldaloba, allá por la Terra Chá, donde pasaba el tiempo discutiendo con un espejo y enfadándose mil veces. Años después, conforme iba perdiendo nitidez aquel recuerdo, me fui convenciendo, no sé por qué, de que no, de que yo estaba equivocado, de que lo que en principio me había parecido un ser prodigioso no debía de ser, en realidad, más que un jinete disfrazado en tiempo de carnaval que llevaba no una, sino dos caretas. Pero ahora, sin embargo, me surge la duda de nuevo, y me pregunto si lo que vi no sería, más bien, lo que mis propios ojos me dijeron. Siento un gran cariño por la celebración del entroido, que lo llena todo de magia y que hace cuanto puede por dejar a un lado la tristeza. Recuerdo con mucho afecto aquel tiempo que ya no existe en el que pasamos de ser niños a los que las caretas daban miedo a formar parte, también nosotros, de las comitivas de máscaras que recorrían lo caminos sin luz, yendo desde Pedre, por la Ulfe y por Buyo y por A Gándara y por el Reboredo, hasta San Marcos, e incluso más lejos. En medio de la oscuridad, uno —que, puestos a contarlo todo, aún se asustaba un poco, aunque tratase de disimularlo— veía aparecer entre las sombras de la noche, como si surgiesen de la nada, otras comitivas semejantes a la nuestra, que lanzaban alaridos a las estrellas y reían a carcajadas antes de alejarse de nuevo haciendo sonar caracolas y bailando al son de una pandereta. Aquellos caminos son hoy muy distintos, y casi todos cuantos se escondían detrás de aquellas caretas viven ahora al otro lado del río. Pero, desde el siglo pasado, todavía conservo, escondida en el fondo de un cajón, una careta idéntica a la que me permitió, en un mundo que ya no existe, seguir también yo (aunque no tuviese un caballo del color del azafrán) los pasos del Príncipe de Dos Cabezas. Que lo sepan.