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Tiro al pichón

José Varela

FERROL

09 ene 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

La crónica oficial nos confirma que la derecha íbera siempre gustó de la montería, y, añado, se orla para esa noble afición venatoria con sus propios códigos: a más elevado rango, mayores piezas, así haya que ir a acosarlas con campechanía a Botsuana. Solo la agrafía se aproxima a la caza en las preferencias de nuestra derecha cañí. Ahora está feliz porque puede aunar ambas aficiones en el tiro al pichón, o, mejor, al garzón, ave de mayor porte y con un distintivo collar rojo, color que siempre estimuló la puntería de los más conspicuos escopeteros de la extrema derecha hispana: sus zurrones aún gotean sangre sin redimir. Pero no desviemos el tiro. Con una comprensión lectora de una alumna de quinto curso de primaria de una escuela pública, cualquiera que haya leído —ahora y antes— las declaraciones del ministro Garzón, este con mayúscula por más de un motivo, habría convenido que eran, al menos, sensatas. Pero, como advierte Brigitte Vasallo en Lenguaje inclusivo y exclusión de clase, vivimos en lo simbólico y al margen de la vida cotidiana. Y así se explica que sirva de pretexto para apretar el gatillo de la sandez que el ministro de Consumo diga que deba rebajarse el azúcar en las bebidas infantiles para limitar la obesidad, que el exceso de ingesta de carne roja no es lo mejor para la salud, o, más recientemente, que la carne de las macrogranjas es de peor calidad que la de ganadería extensiva. Por cada uno de esos axiomas, la derecha patriótica y algún socialista melifluo y de postín le montó un pollo (un pollo de macrogranja, supongo: bien hormonado y atiborrado de antibióticos). Pues buen provecho, muchachos.