La anécdota reúne los ingredientes para atribuirla a una invención, que fue asimilada como propia por más de un colectivo. Prefiero asignarla a una ONG. La historia describe una escena de la visita que un comité filantrópico realizó al escenario donde un grupo de voluntarios invertían la donación de aquél en mitigar los efectos de la lepra. Cuando la junta observaba las delicadas y afectivas atenciones que una joven dispensaba a un enfermo terminal, con laceraciones profundas, desgarros en sus tejidos putrefactos, descontrol de los esfínteres, olores fétidos y lamentos de dolor, la esposa de uno de los potentados, dirigiéndose a otra dama del séquito, cuchicheó en voz baja «Yo no haría semejante cosa ni por todo el oro del mundo». La expresión, sin embargo, fue percibida por la voluntaria, quien, mirando a los ojos a la aristócrata, le aclaró: «Yo tampoco, señora». Recordé la anécdota anteayer por la mañana, cuando sonó el teléfono de casa y una oncóloga del hospital público de Ferrol, la doctora Sara Graso, habló con María José, mi mujer, sin otro vínculo entre ellas que el de una profesional y una usuaria de un servicio público: no tenía consulta concertada, no formaba parte del protocolo de asistencia; sencillamente, era consciente de la tribulación de la enferma. Hay actitudes que no tienen precio. Este es un ejemplo; podría citar otros del oncólogo doctor De la Cámara y más que habrá de médicos de la estirpe moral de los citados: acciones que desvelan la empatía de muchos sanitarios de nuestra sanidad pública hacia sus pacientes. Una sanidad que se mantiene más por la dignidad de sus profesionales que por la atención de las autoridades.