En una novela de Ian McEwan, Amsterdam (muy recomendable ahora que vuelven las gentes de orden y banderita tu eres roja banderita tu eres gualda a sahumar con alcanfor el derecho del individuo a morir en coherencia con las convicciones que dieron sentido a su vida), se describen los inaprensibles y misteriosos rasgos del proceso escurridizo de la inspiración. Esa sombra que relampaguea en el caos onírico y que aunque apenas se entrevé ronda una y otra vez para evadirse dejando la estela de escuálidos jirones de la promesa que alumbró una alucinación fugaz y huidiza. El personaje al que hago referencia es un reputado compositor que se enfrenta al final del último movimiento de una obra de gran empaque y compleja estructura y que no consigue coronar. No logra retener las frases melódicas que fulguran en su mente y que podrían servirle para armar la instrumentación; se le escurren cuando llega a captar solo una parte del paso efímero de las notas por su seso. El escritor británico toma como pretexto la música, pero podría referirse a la búsqueda de una metáfora, un esquema geométrico, un teorema o unos pasos de danza, o la persecución de una luz en cualquier ámbito en el que se tantee lo desconocido para ensanchar los límites de la belleza domesticada. Con qué pasmosa facilidad la vigilia hace trizas los castillos rocosos y de laboriosa sillería erigidos durante el sueño, cómo aquello que resplandecía diáfano y claro es ahora tosco y turbio. Cuántas veces los espacios de libertad conquistados por/para la sociedad con perseverante sacrificio sucumben ahogados por el agua bendita que hisopea la derechona. Larga vida al derecho a la muerte digna. Amén.