Banderas

José Varela FAÍSCAS

FERROL

20 jun 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

No sabría decir si la floja vibración patriótica pertenece a la categoría de una insuficiencia renal, una miopía o la talla corporal, o si forma parte de ese conjunto de rasgos que uno no busca, como la vagancia o el gusto por los camarones: sencillamente están ahí. Tampoco tengo interés en averiguar el origen, ni siquiera si este desdén nacionalista (sea la patria grande, pequeña o medio pensionista) tiene remedio. El caso es que hay momentos o situaciones perfectamente reconocibles en los que la abrupta floración de banderas, pulseritas, gallardetes, pines, mascarillas y banderolas asalta las calles y me abisma en la perplejidad más absoluta. Mi carencia de exaltación se extiende a la torpeza en la búsqueda de las explicaciones que uno se procura para que el mundo le sea reconocible. Es decir, ¿qué mueve a alguien a exhibir un rasgo de su personalidad, una convicción intima, supongo, de manera tan ostentosa? Quiero decir, por delante y por encima de otras convicciones, si me apuran, tal vez más profundas y entrañadas. Por ejemplo el amor a su familia, a su pareja, su eventual sentimiento religioso, la amistad, su pasión cinéfila o numismática o lectora o musical, su terraplanismo pongamos por caso, en fin emociones o creencias que aventuro estarían por delante de las que tienen que ver con la patria sea este concepto lo que sea. Y, sin embargo, el rasgo que exhiben social y aparatosamente, sea exclusivamente ese. Quizá, en el fondo, lo frivolicen con el idéntico desparpajo fetichista que el pijerío confiere a la efigie del Che en una camiseta. Debe de ser una brizna de la mala reputación de Brassens la que me impide ver con claridad. Lo miraré.