La lengua como juguete


En los primeros años de la actual democracia los ministros del Gobierno de España eran personas muy preparadas. Era lo esperado y lo mismo que sigue ocurriendo con los que gobiernan en otros países. Antes, cuando un chico destacaba en sus estudios, las abuelas decían que iba para ministro… Hoy es ministro cualquiera, incluso gente indocumentada, como bastantes de los 22 que gobiernan España. Pero hay alguien que se lleva la palma, que está por encima de la incompetencia de ese grupo de lumbreras a los que nos estamos refiriendo. La sobresaliente en este mediocre panorama del mérito intelectual es la ministra de igualdad, quien, a falta de tareas más importantes que desarrollar, se dedica a dar patadas a la gramática para llamar la atención de los medios. Pues esta señora, con su lenguaje inclusivo, tan artificial como ella misma, se empeña en no hacer caso a las reglas del lenguaje que establece la RAE y en inventar una lengua a su antojo, como si se tratara de un juego de niños (o de «niñes»). Para quienes tenemos respeto por el idioma, por cualquier idioma, es una vergüenza comprobar que una ministra se entretiene con juegos infantiles, como cuando éramos pequeños y jugábamos a inventar palabras; o cuando mis hijos con otros niños repasaban la colección de cromos de futbolistas e iban diciendo «sipi», «nopi», según tenían o no el cromo que se mostraba. La lengua que ella maltrata es centenaria y fue construida por el pueblo de forma natural, con unas reglas perfectamente estipuladas que nos permiten la comunicación a 500 millones de personas en el mundo. Algo demasiado serio y respetable para que una ministra quiera imponernos nuevas normas y nuevas palabras. Lo cual es una forma de infantilismo más propio de una clase de párvulos que de un ministerio.

Lo curioso es que esta mujer no sólo es ministra sin un solo mérito intelectual que lo justifique, al revés de lo que era normal en este nivel, sino que quiere crear tendencia en este tipo de lenguaje entre los incautos que le siguen el juego. Y por desgracia, al carro de su campaña lingüística se sube mucha gente que, de buena o mala fe, cree que la lengua es un juguete. Lo que empezó el lendakari Ibarreche con lo de «vascos y vascas», se contagió a toda la clase política, especialmente de la izquierda, como si fuese un coronavirus lingüístico, contra el cual ya no hay vacuna posible, pues las razones que les dan los gramáticos y los que saben de esto no les sirven, les parecen caducas y antifeministas. No quieren enterarse de que las palabras no tienen sexo. Simplemente tienen género gramatical, que no es lo mismo. Y el contagio es tan apabullante que no se han librado de él ni las grandes editoriales de libros escolares, que, como en uno de historia que tengo delante, no tienen el menor pudor en hablar de «los visigodos y las visigodas». Un desdoblamiento absurdo y una redundancia innecesaria, pero que es el resultado de una contaminación del lenguaje político, una vez que se ha dado por supuesto que ese es lo «políticamente correcto».

Flaco favor le hacen también los libros de texto a la gramática, aunque quienes los redactan saben perfectamente que en las lenguas románicas el masculino es el género no marcado, es decir, que abarca a individuos de los dos sexos. «Me gustan los perros», incluye tanto a perros como a perras. Y cuando decimos «no me gustan los políticos que juegan con la gramática», también nos referimos a las políticas, y hasta a las ministras.

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