Sobrevaloradas


Desde la ventana estoy viendo cómo se pelean dos palomas por unas migas de pan. El conflicto empezó de manera casi simulada, pero fue ganando en agresividad. Deben de ser dos machos por su envergadura y tozudez. La cosa iba a mayores, con picotazos serios y algunas plumas por el aire, cuando apareció corriendo el perro de la finca y se acabó el lío: las dos palomas (o palomos) se echaron a volar en direcciones opuestas y desaparecieron de mi campo visual. Y yo me quedé pensando que, respecto a las palomas, tengo sentimientos encontrados que se han ido modelando desde la niñez. Porque todos los niños hemos visto a las palomas como unas aves inofensivas y dulces, que se hacen sociales en nuestras plazas y que acuden dócilmente si les echas algo de comer. Además, a favor de su buena reputación jugaba la mitología y lo que estudiábamos en la enciclopedia Álvarez, en el apartado de «Historia sagrada». Allí se nos decía que, cuando dejó de llover en el Diluvio Universal, Noé soltó una paloma desde el Arca y aquella volvió al atardecer trayendo en el pico una rama de olivo con hojas verdes. Era la señal de que el nivel de las aguas había bajado y de que la vida regresaba a la tierra. Así lo entendió el comandante de aquel artefacto flotante, que buscó esa montaña libre ya de las aguas para liberar él también a toda la fauna que transportaba en la barcaza.

Y la prueba inequívoca de que las palomas eran animales puros e inocentes la encontrábamos también en las páginas de aquella Historia Sagrada, pues el mismo Dios se había representado oficialmente en la figura de una paloma. Así se manifiesta el Espíritu Santo en toda la iconografía sacra, unas veces apareciéndose a los apóstoles en Pentecostés, y otras inspirando a los cardenales para la elección del Papa. Picasso también tuvo mucho que ver cuando las convirtió en el símbolo político de la paz.

Pero a medida que uno iba perdiendo la inocencia, la imagen que tenía de las palomas también se iba modificando. En la casa familiar hubo desde siempre un palomar (sigue en pie, pintado de blanco, pero ya sin clientela) y hubo épocas en que mi padre tuvo docenas de palomas. Les dedicaba el poco tiempo que tenía libre: separaba los machos para que no hubiese peleas, aislaba los pichones para que los adultos no les comiesen su ración, los proveía de agua limpia cada mañana… Pero un día, llegó un «macho ladrón» (un palomo donjuanesco y seductor) y casi a diario se llevaba una o dos palomas con él a su palomar. Tal deslealtad y falta de arraigo, a mí, que les había cogido cariño por verlas cada día en la huerta, me hizo verlas como animales muy poco fiables. Me parecían mucho más honestas las palomas torcaces, las rulas, porque viven su vida de manera libre en los bosques, sin ninguna dependencia del hombre ni para comer ni para dormir, y que, por encima, cantan bien y alegran las mañanas de primavera. Porque las otras, las domésticas, no iban más allá de un zureo monótono, sin ningún encanto sonoro, con el que me despertaban a mí al romper el día. En mis años escolares siempre me costó levantarme por las mañanas por culpa de esos desvelos de la madrugada. Además, me fui enterando de que sus excrementos corroen los metales, provocan enfermedades y que la acidez aguda de su urea amenaza la ruina de iglesias y monumentos. En fin, que las tenemos muy sobrevaloradas, y que los ayuntamientos hacen bien en tomar medidas contra su libre reproducción…, y de paso, que no se olviden también de las gaviotas.

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