Cuelgo, que nos espían


Gila tenía el problema resuelto. Llamaba por teléfono al enemigo (¿Es el enemigo?) del que tenía el número directo para reclamarle los planos del polvorín que se había llevado un día antes Agustín, su espía titular, vestido de lagarterana. Y es que las guerras contadas por Gila eran de otro nivel y el espionaje tenía cierto glamour. No como el de ahora, con tanto satélite, tanto geoposicionamiento, tanta antena gigantesca y tanto submarino nuclear escuchando conversaciones ajenas. Para después terminar vendiendo toda esa información en la internet profunda en unos cuántos ficheros encriptados que los hackers más espabilados se encargan de piratear. Y todo así.

La Armada quiere que las nuevas fragatas sean ciberseguras y le ha encargado a Navantia y Telefónica que se pongan a la tarea. Las F 110, clase Bonifaz (que gran acierto sus nombres: Bonifaz, Roger de Lauria, Menéndez de Avilés, Luis de Córdova y Barceló) serán los primeros buques en los que se implementen soluciones de Ciberseguridad de última generación y además tendrán comunicación integral entre los sistemas del buque y su gemelo digital. Estarán protegidos los sistemas de combate, el AEGIS, los radares de superficie y de control de tiro, el sonar, los sistemas de comunicaciones integradas, los enlaces de datos y los protocolos de contramedidas. Si todo sale como se espera, la clase Bonifaz estará a salvo de ciberataques, sabotajes, escuchas, interceptación de información y cualquier tipo de distorsión en sus sistemas de comunicaciones.

Pero ¿y la tripulación? ¿Qué pasará con los smartphones, tabletas electrónicas, ordenadores personales y demás dispositivos personales usados por toda la dotación? Son innumerables las señales emitidas que pueden facilitar la identificación y posición del buque, por ejemplo, en medio de alguna operación delicada. Sin olvidar que cuentan con cámaras de fotos y vídeo, por lo que es muy fácil compartir imágenes en las redes sociales de equipamientos, zonas sensibles, vehículos, sistemas de armas, centros de aprovisionamiento, e incluso perfiles personales.

Quedan muy lejos las cartas cifradas que mandaba Jorge Juan al Marqués de la Ensenada cuando espiaba los astilleros del Támesis. O las máquinas de rotores Enigma y similares, y los teléfonos analógicos como el de Gila. Vivimos en un mundo interconectado en el que cedimos la privacidad a cambio de la conexión «social» en la red. Los marinos que embarcarán en las futuras fragatas sabrán aplicar las normas de ciberseguridad en sus destinos, en cada ejercicio, maniobra o misión. Sin duda. La dificultad vendrá en su tiempo libre cuando hagan uso de los terminales personales: «oye, tengo que colgar que parece que nos espían»...

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