Manos que sanan


Tal como la recuerdo, la piel de aquellas manos era gastada y limpia por su cara interior, de un rubor albino y traslúcido, y almohadillada. Por fuera, tan delgada que transparentaba hilos violáceos, y pardeaba en verano. Y las uñas, pequeñas, de luna escasa, finas y algo planas las de los pulgares. Su tacto dulce pareciera incompatible con la zurra que las azotaba a diario. Aún hoy me resulta incomprensible que después de jornadas apretando el raño en el patatal del huerto trasero de la casa, o avituallando los cerdos y las gallinas ponedoras; la vela nocturna cosiendo chaquetones de la Armada para RyV; o las labores de un hogar humilde de los años cincuenta, pudiesen mantenerse tan pulcras. Bajo la protección de esas manos, plantado sobre el agua jabonosa de una tina de zinc en medio de la cocina entibiada por la combustión de la bilbaína, afronté mi primera crisis existencial. No sé la edad, pero tendría que ser muy chico para no haber adquirido la destreza para asearme solo. En esa posición, abrumado por la congoja y entre lagrimones, me interesé por primera vez por la muerte, por mi muerte y la de los míos, angustia que con paciencia y acaso con una impericia inadvertida por un crío, una voz protectora exorcizó con ternura. Ahora, cuando miro hacia atrás desde la altura de los años vividos y siento el agrio vértigo de las ausencias, cuando ya no asusta el final del camino, recordé esa primera vez que la nada agrietó la inocencia. Y aquellas manos sanadoras fueron capaces de limpiar los miedos y aventar los fantasmas, con el mismo mimo con el que arrastraban la roña encostrada tras las orejas, los tobillos y las axilas. Las manos de mi madre.

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