Leer


Me llama un amigo para felicitarme la Navidad y de paso hablamos de libros. Me pide algún título para hacerle un regalo a un nieto de trece años, muy poco aficionado a leer. «Que sea de un gran escritor y que se adapte a la edad del chico». Le digo que podría aconsejarle varios, y todos excelentes, pero que no tengo la certeza de que sean de su agrado. Por fin me decido por recomendarle David Copperfield, del inglés Charles Dickens, porque es un libro que habla de las dificultades que un chico tiene que ir salvando en la vida para llegar a ser una persona decente. Le advierto que no le va a ser fácil encontrarlo en las librerías porque lo normal hoy es que tengan sólo los títulos de moda y los más publicitados. Los clásicos han sido borrados de los escaparates, parece como si ya nadie se interesara por ellos.

Y me quedo pensando en la importancia que tiene la lectura en la formación de la persona y en el papel secundario que se le otorga en la Enseñanza Secundaria. Los programas redactados por pedagogos iluminados atienden a cuestiones gramaticales muy poco oportunas para esos años, como el análisis sintáctico o la semántica, y se olvidan de que el alumno tiene, primero, que aprender a leer (con entonación, respetando las pausas y con la concentración necesaria para entender lo que está leyendo). Y una vez dominada la técnica, tiene que leer. Empezando por cuentos o libros sencillos, para seguir progresando con lecturas más exigentes. Y sería muy oportuno dedicar una hora lectiva a la semana a leer en clase, con las orientaciones oportunas del profesor. Porque este debe saber que los conocimientos lingüísticos y gramaticales no le son necesarios a todo el mundo, mientras que leer entendiendo lo que se lee es fundamental para todos. Además, el lector se va haciendo a sí mismo con mucha lentitud. Todo lo valioso cuesta tiempo y trabajo, y llegar a ser un lector sólido y entendido exige muchas horas de lectura sosegada y reflexiva. ¿Por qué los libros de los grandes escritores (Kafka, Proust, Tolstoi, Stendhal, etc.) no están hoy en las librerías? Simplemente porque no hay demanda. Y no se piden por dos razones: porque no se conocen, o porque se tiene cierto recelo a cansarse leyéndolos, por no entenderlos correctamente. En cualquier caso, una auténtica pena, pues estamos hablando de grandes maestros, la mayoría autores de obras inmortales.

Todo profesor sabe también que el niño que se aficiona a la lectura va a tener grandes compensaciones, porque van a mejorar, sin darse ni cuenta, su cultura, su imaginación, su formación humana, y a avanzar en el conocimiento de sí mismo y de sus semejantes. Algunos esto lo descubrieron ya muy pronto, como el amigo que me llamó por lo del libro del nieto. Cuando íbamos a la escuela nacional de mi pueblo, con niños desde los seis a los catorce años (él tenía nueve o diez), un día el profesor, hablando de zoología, nos iba diciendo que los perros ladran, los gatos maúllan, los caballos relinchan, los burros rebuznan, las ovejas balan…, pero ¿qué es lo que hacen los elefantes? Nadie supo contestar, los mangallones disimularon como pudieron, hasta que se oyó la voz tímida de mi amigo: ¡barritan! No sabíamos si era un disparate o no, pero el maestro lo felicitó con mucho respeto y le preguntó cómo conocía la palabra. «Por los cuentos del Capitán Trueno, en una aventura en la selva africana». A ninguno nos quedó ya duda alguna de que leer era importante. Y ahora, este abuelo lo tiene aún más claro.

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