Contrastes


Me permito parafrasear un poema de Miguel d’Ors, que me sirve para encauzar una reflexión relacionada con la idea que lo origina: un humilde funcionario, que en las tardes soleadas de los sábados llevaba a sus hijos a una zona arbolada, próxima a la ciudad y cercana a una urbanización de lujo, comenta con un amigo que la naturaleza humana es muy complicada, con contrastes difíciles de descifrar. Porque él, desde ese observatorio, veía a aquéllos vecinos ricos y glamurosos, que llegaban en unos coches lujosos, que paseaban unos perros de razas importantes, que iban de la mano de sus parejas espectaculares, y tenía la convicción de que no eran felices, de que su vida era una puesta en escena para mostrar lo más artificial del éxito y del triunfo social.

Pero lo curioso era que él, decía, no teniendo nada más que su trabajo de oscuro funcionario, un horario repetitivo, unas tardes de sábado al aire libre, una esposa y unos niños que lo quieren, tampoco lograba ser feliz. Tenía una casa, una familia, un sueldo a fin de mes, un gato humilde que ayudaba al equilibrio doméstico, pero faltaba algo consistente en su vida, algo que le diese fuerza y vigor para vivir satisfecho.

Y es que buscamos la felicidad de forma equivocada, desdeñando lo básico, convirtiendo lo sencillo en complicado, olvidándonos de que la felicidad no es un estado estable ni permanente. No somos conscientes de que es la suma de los pequeños placeres lo que logra crear un punto de ánimo edificante, lo que nos acerca a eso tan abstracto que llamamos felicidad. Y eso se encuentra en la vida diaria y en el afecto de los nuestros. Tenemos tan sobredimensionadas las expectativas de la felicidad que no somos capaces de apreciar los placeres sencillos y diarios que nos ofrece la vida, distintos y variados según la cultura, edad y psicología de cada cual: desde una buena lectura, hasta un paseo reconfortante, pasando por un café con los amigos o una sobremesa con la familia. Se trata, en definitiva, de lo que ya aconsejaban los filósofos epicúreos: rescatar esos pequeños y cotidianos placeres, gozos y alegrías que tenemos al alcance de la mano, y abandonar los espejismos de felicidades abstractas. En este mismo sentido, también Stendhal, el gran novelista francés, ya nos dejó escrito: «Hay que saber lo que te hace feliz y convertirlo en hábito; y no olvidar que para construir la felicidad se requiere sensibilidad, paciencia, cultura y memoria».

Claro que todo esto se complica en una situación de pandemia como la que estamos sufriendo. Los expertos alertan de que esa capacidad de disfrute de las pequeñas cosas y aquella fuerza interior necesaria para sobreponerse a las aristas del día a día se van debilitando y nos sumen en una situación inquietante de pesimismo y desesperanza. Así que hay que rearmarse y no dejarse abatir ni por confinamientos ni restricciones perimetrales.

Hay muchas cosas de las que disfrutar hasta en los espacios reducidos y en condiciones limitadas. Un ejemplo lo acabamos de constatar los miembros de un jurado de poesía que se convoca, desde hace diez años, en mi pueblo. Nunca hubo tantos participantes como en esta edición, ni un nivel de calidad literaria tan alto. Muchos poemarios reflexionaban sobre el propio confinamiento, otros se dedicaban a cantar las excelencias de una vida sin horario, con tiempo suficiente para todo, hasta para una dedicación especial al amor en pareja. En el fondo, todo debería ser mucho más sencillo.

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