Con una letra casi indescifrable


Que los libros tienen vida propia me parece, y discúlpenme que insista en ello, incuestionable. Todos los libros. También los que no llegaron a publicarse jamás. E incluso aquellos que ni siquiera se escribieron, que solo fueron imaginados. Por cierto: con respecto a estos últimos, sería bonito hacer un día un censo de todos aquellos libros de los que se habló mucho -y no solo por parte de sus autores-, pero que finalmente jamás llegó a ver nadie. Y válganos, sin ir más lejos, el siempre maravilloso ejemplo de Cunqueiro, que repetidamente habló de algún libro, concretamente un diccionario de los ángeles, que no pasó de ser un sueño. Nunca lo escribió. Aunque también habrá que anotar, ¿no les parece?, que los sueños siempre son importantes. ¡Vaya si lo son...! ¡Y tanto...! Pero venía todo esto a cuento -más o menos-, me parece a mí, como preámbulo de una reflexión. Para abrirle las puertas a un comentario. Concretamente, para decirles que uno no acaba nunca de acostumbrarse a la extraña sensación que lo invade cuando definitivamente da por terminado un libro en el que trabajó durante años y años. Mientras escribes un libro, ese libro te acompaña. Camina a tu lado. Tú eres quien lo escribe a él, por supuesto, pero también él te escribe a ti de alguna misteriosa manera que me pregunto si alguna vez podrá ser explicada. Incluso hay libros, por extraño que parezca, que se escriben a sí mismos. Tú te mantienes fiel a la costumbre de llevar siempre contigo un pequeño cuaderno en el que las plumas y los lápices van tomando nota de vez en cuando. Y, cuando menos te lo esperas, si has ido transcribiendo esas notas con regularidad -empeño no precisamente sencillo, puesto que tu letra suele ser bastante indescifrable-, un día te das cuenta de que ha nacido un libro más mientras viajabas por dentro de ti conversando contigo mismo. Creías tomar notas en la más absoluta de las soledades, pero una vez más estabas equivocado: la soledad solo era niebla, y en la niebla siempre suele ocultarse algo. Faulkner, uno de los escritores a los que más admiro -aunque me pasa como a Lobo Antunes: sus libros ya no me gustan por las mismas razones que antes-, solía hablar de quien escribe como de alguien poseído por las voces. Y tenía razón. Voces cuya procedencia no siempre se ignora. Voces que brotan de la tierra, como la vida, como brota también el agua. El eco de nuestra propia sangre.

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