Un paso atrás


Hay en la actualidad un tema que me preocupa muy especialmente. Y no es el coronavirus, que ya se convirtió en una preocupación crónica. Se trata del Decreto Ley aprobado recientemente por el Gobierno y cuya defensora es la ministra de Educación. En él se deja en manos de las Comunidades Autónomas la posibilidad de modificar los actuales criterios de promoción de los alumnos de primaria, secundaria y primero de bachillerato. Y aclara que la repetición de curso se considerará una «medida de carácter excepcional», por lo que, lo normal, será que promocionen al curso siguiente sin importar nada el número de materias suspensas. El caso es que, según estos criterios, aquí ya no va a repetir nadie, promocionarán todos (los listos, los menos listos, los trabajadores y los vagos) y así podremos decir que el sistema funciona, que no hay abandono ni fracaso escolar, y que, en materia docente, somos la avanzadilla más democrática del mundo.

Me cuesta trabajo entender cómo esta ministra, que es catedrática de instituto, pretende llevar a cabo una iniciativa tan destructiva para la Enseñanza (bueno, puedo comprenderlo si pienso que esta señora lleva más de veinte años dedicada a la política y que el mundo de las aulas le queda ya muy lejos). Claro, ella está ahora obsesionada con el dogma político del momento («Nadie va a quedar atrás») y por eso ningún alumno puede repetir curso. Pero esta señora se olvida de que, en muchos casos, repetir no solo no es contraproducente, sino que, para determinados escolares, es beneficioso. A lo largo de mi carrera docente conocí muchos alumnos que, repitiendo curso, han madurado y mejorado su rendimiento académico posterior. No tiene por qué ser un año perdido, y con frecuencia, es un futuro académico ganado. Con lo de abrir la mano y que no repita nadie, lo primero que van a conseguir es animar a nuestros adolescentes a rebajar su autoexigencia, su compromiso con sus padres, que saben que estudiar y aprender será importante en la vida de los hijos. Van a conseguir que muchos alumnos acudan cada día al colegio o instituto con una laxitud e indiferencia impropia de quien necesita enfrentarse con tesón y fuerza de voluntad al estudio de todas las materias. Porque estudiar con tesón y voluntad de aprender, cuesta. Y, desde luego, es mucho más aburrido que jugar a la Playstation. Me parece mentira que desde nuestras autoridades educativas le den tan poca importancia al estudio y al esfuerzo que este requiere. No hay mejor manera de desprestigiar la enseñanza que restándole importancia al trabajo de estudiar. ¿Cómo van los padres y los profesores a motivar a unos alumnos que saben que van a promocionar igual con el mínimo esfuerzo?

Claro que así nos luce el pelo, aunque también es verdad que esto no es nuevo. Los malos resultados de los informes PISA y el hecho de que en el ránking mundial de las Universidades la mejor de España esté en el número 182, es ya un mal crónico que no escandaliza. Pero lo que va a conseguir este Gobierno, si las distintas autonomías no lo corrigen, es que nuestra Enseñanza se convierta en un modelo de ineficacia e injusticia, porque los perjudicados van a ser no solo los malos alumnos, que acabarán el bachillerato con un nivel de tercero de la ESO, sino también los buenos y los más trabajadores, que no podrán llegar a donde sus condiciones y aplicación le permitirían, porque hay que cuidar a los rezagados con materias pendientes, ¡no vaya a quedarse alguno atrás!

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