Con la luna, la niebla y el viento


Como ustedes ya saben, hoy, coincidiendo con el Día Grande das San Lucas, renuevan sus lazos de amistad Ferrol y Mondoñedo. Y lo hacen, donde nació Cunqueiro, en unas circunstancias que no son las habituales. Porque la feria de As San Lucas, con casi nueve siglos de historia a sus espaldas, es este año, debido a la necesidad de extremar las medidas de seguridad contra el coronavirus, muy distinta de lo que suele ser siempre. De hecho, esta vez ni siquiera bajan del monte esos maravillosos caballos bravos que pastan libres en la sierra durante el año entero, y que llegado este tiempo es tradición que entren en Mondoñedo, pasando ante la catedral, como un milagro hecho de claros de luna y de niebla y de viento. Me gustan mucho todos los caballos de As San Lucas. Tanto los caballos que bajan del monte, esos ponis de vieja estirpe galaica cuyo origen se remonta al fondo de las edades, como los que hasta allí llevan, de toda clase de razas -para su venta o para concursar en los certámenes equinos de la feria-, criadores de Galicia entera, entre los que nunca faltan los de Ferrolterra. Pero si es cierto que me gustan los caballos -que son una de mis grandes debilidades, como los son también las palomas buchonas y las mensajeras-, más me gusta aún que las San Lucas se celebren. Por todo lo que para mi corazón representan. Cuando Ferrol y Mondoñedo renuevan sus lazos de amistad, no solo se hermanan, de nuevo, las dos capitales de la diócesis a la que ambas ciudades dan nombre. Se hermanan, también, la historia, el futuro y el presente, reivindicando una Galicia que no se parece a ninguna otra: la Galicia do Norte. Quizás -y que nadie se ofenda- la más olvidada de todas. Reivindicar la Galicia do Norte no es solo invocar la memoria de los navegantes bretones que, con prelados como Mailoc, llegaron a estas costas entre los siglos V y VI. Es, sobre todo, alzar la voz en defensa de las tierras septentrionales de las provincias de A Coruña y Lugo, demandando, más allá de cualquier posicionamiento ideológico, que haya futuro para su industria (la construcción naval, la producción de energía, la siderurgia...), para su ganadería y su agricultura, para todo el sector turístico y hostelero, para la pesca y, en general, para cuantos habitan este finisterre nuestro. Un finisterre que, en este tiempo que nos ha tocado vivir, merece bastante más suerte de la que tiene.

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