Bajo la luz en la que acaba el día


Hay a quien le parece extraño que alguien se emocione ante un paisaje. Sobre todo si ese paisaje, a lo largo de su vida, ya lo ha visto mil veces. Sin embargo, nada hay de raro en ello. Puedo asegurárselo, si me permiten el comentario personal, por propia experiencia. Porque lugares que, hasta hace unos años, yo simplemente amaba, y a los que he vuelto con frecuencia tanto por su belleza como por lo mucho que para mí significaban, hoy no solo me hacen sentir feliz, sino que me conmueven profundamente. En especial, esos a los que el poeta llamó los «altos lugares» de nuestra infancia. Enclaves íntimamente unidos a ese pasado que en el fondo es lo único que poseemos, puesto que es algo que nadie podrá quitarnos. Ayer mismo, y discúlpenme la confidencia, fui a dar un paseo, mientras caía la tarde (la luz del final del día me ha gustado mucho siempre) hasta el corazón de las Fragas del Eume, tras pasar por As Neves, y no saben hasta qué punto me emocionó ver aparecer a lo lejos el monasterio de Caaveiro, surgiendo del bosque -de uno de las más bellos bosques atlánticos europeos- como un milagro de piedra. Y otro tanto me sucedió poco después, con la noche ya muy cerca, cuando por fin llegué al río. Me habría gustado ver entonces al búho real, señor de las sombras del que más de una vez he hablado con Carlos Vidal y con Gildo Franco. Pero la verdad es que en esta ocasión el búho no se dejó ver, aunque al menos me permití soñarlo. Igual que me permití soñar, de nuevo, a quienes a lo largo de los siglos, y hasta la exclaustración, habitaron el monasterio. Las Fragas del Eume son para mí, sobre todo, una emoción. Como lo es el Coto do Rei, en lo alto de los montes de Marraxón, desde el que se ve un país entero. No puedo dejar de emocionarme cada vez que vuelvo allí para ver marchar el sol. Como no puedo dejar de emocionarme, tampoco, en San Miguel de Breamo, en el pinar de A Magdalena, en Lobadiz, en lo boca de la ría de Ferrol, en Chamorro, en la playa de Ares, en San Martiño do Couto, en Mugardos, en A Frouxeira, en Monfero, en O Barqueiro y, por supuesto, en San Andrés de Teixido, que es la puerta entre dos mundos. Nada más lejos de mi intención que cansarlos con ejemplos, pero los paisajes nos conmueven, sobre todo, cuando nos vamos diluyendo en ellos. Mientras desaparecemos. O eso es lo que creo yo, vaya. No sé qué pensarán ustedes.

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