Ballenas en la ensenada de Prior


Los mares de Galicia son mares de ballenas, de antiguo y de ahora. Los mares de Galicia son como autopistas que cruzan de norte a sur el Atlántico y tanto sirven para el tráfico de barcos como lugares de paso para las ballenas, cachalotes, orcas, delfines y demás cetáceos. Pero además los mares de Galicia, dicen los biólogos, son lugares excelentes para que estos grandes animales marinos se alimenten, por aquello del fenómeno del afloramiento que siempre mantiene las aguas frescas, limpias y cargadas de nutrientes. De esto se aprovechan también las sirenas, asunto conocido por los escritores de café pero todavía no abordado por los técnicos de los institutos marinos. El licenciado Molina no era ni escritor de café ni biólogo marino pero sí era un sabio que ya en el siglo XVI escribió en su Descripción del Reino de Galicia: «Las ballenas ocurren donde las ondas y el mar andan siempre muy altas… aquí (en Galicia) hay gran matanza de ellas… porque de un ballenato, aunque sea pequeño, se sacan 200 arrobas o cántaros de aceite, el cual sirve para todo lo que aprovecha el de los olivos salvo para el comer».

La costa gallega estuvo siempre salpicada de ensenadas y puertos balleneros. Probablemente el más antiguo -o el primero del que se tiene noticia escrita- fue el ubicado en el puerto do Prioiro. La ensenada de Prior fue un punto de recalada para los balleneros vascongados y franceses, en primer lugar, y gallegos (ferrolanos) después. Se cita ya en 1158, en escrito de donación del rey Fernando II a favor del Monasterio de Sobrado, a cuya comunidad debían pagar un quiñón (una quinta parte) de las ballenas que allí se matasen.

Además de en cabo Prior se establecieron puertos balleneros en Estaca de Bares, Rinlo, Cervo, Caión, Cangas, Malpica, Corcubión, Bueu y otras villas, dejando constancia en algunos de los muchos museos marítimos que, afortunadamente, se conservan.

Los mamíferos marinos tienen buena memoria, tal vez tanta como las tortugas. Sobre todo para grabar las rutas por las que deben transitar, como si tuvieran en su código genético las coordenadas de posicionamiento de sus propias cartas náuticas. Por eso los delfines se adentran una y otra vez en las rías, las ballenas y cachalotes suben y bajan siempre por sus corredores y las orcas «costean» cada verano por las cercanías de nuestros cabos y promontorios.

Este verano un pequeño grupo de orcas jóvenes estuvieron especialmente activas, jugando con las embarcaciones de menor porte y curioseando más de lo habitual sobre la presencia de navegantes y pescadores. Estaban donde les trajo su memoria, entre cabo Prior y la Estaca de Bares, en estos mares de ballenas -y sirenas- tan llenos de vida.

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