El mar lúbrico

José Varela FAÍSCAS

FERROL

Hacia el sur del mirador de O Paraño emerge contra el horizonte el fieltro verdoscuro, pero no de duro estaño como el del Romancero lorquiano, el seno turgente y apezonado del monte Campelo. A este lado de las calas de Meirás que se acoquinan a sotavento de las nordestadas, el largo dedo de Punta Frouxeira hurga bajo el encaje espumoso de la falsilla del Atlántico. Tal vez palpe, en los pliegues del fondo del océano, ignotas fosas y tersuras desconocidas. Porque quién sabrá si los maremotos y seísmos no son sino las desbocadas convulsiones telúricas de un amor geológico; el estertor de una pasión cósmica. Ajeno, como un ciclópeo chucho con el hocico apoyado en sus patas, yace a lo lejos, desdibujado por el celaje, el cabo Prior, ensimismado en su recuento de balandros. La de O Paraño es una atalaya que domina el arenal, el lago y el valle del Aviño que origina el topónimo municipal. El paisaje a nuestro alcance, si nos abstraemos de los prepotentes eucaliptales, se ofrece con una sensualidad desatada por el estío, con lomas, llanos, montes al fondo y vegetación arbustiva ensortijada en las vaguadas del terreno, como el vello púbico de la geografía. Y un mar lúbrico que acaricia con insaciable libido la piel oscura de los cantiles. La vista desde el observatorio hacia el norte distingue la punta Candieira, en A Capelada, con todo el mar a sus pies. Un mar que el recordado doctor Quintanilla intuía que atesora aquí más yodo que en cualquier otro lugar. Ignoro si este elemento químico dispensa propiedades afrodisíacas: eso explicaría este artículo, y el menudeo de encuentros amorosos de los que es cómplice la carretera de la costa en el luscofusco.