Los caballos del fin del verano

Ramón Loureiro Calvo
Ramón Loureiro CAFÉ SOLO

FERROL

Es sorprendente la rapidez con la que el verano deja de serlo. Y no estoy hablando de calendarios. Las sorpresas raramente tienen cabida en las hojas de los almanaques. Hablo de la lluvia que borra el horizonte, hablo de cómo cambia el viento, hablo de cómo la luz se va haciendo diferente, hablo de la tristeza de los pájaros. Mientras les escribo, las nubes parecen amenazar tormenta, y los patos que frecuentan el cubo del molino (ánades reales, excelentes voladores y grandes amigos de la libertad) salen del agua y buscan refugio entre los árboles. Un grupo de peregrinos hace un alto en el camino para contemplar el arco de piedra -quién sabe si procedente de alguna capilla que ya no existe, y después reutilizado en otras construcciones diferentes que también ha hecho desaparecer el tiempo- que custodian dos leones labrados por unas manos que ya no son de este mundo. Los Caminos de Santiago recobran su vitalidad poco a poco, con la fuerza de lo eterno. Pienso en Segundo Leonardo Pérez López, deán de la catedral compostelana, de quien tengo enmarcada, por cierto, una foto en la que aparece en Roma con la Madre Teresa de Calcuta, que aquel día le dijo que lo único que pedía era que rezasen por ella, y que ya ella rezaría «por todos». No puedo dejar de emocionarme al pensar de nuevo en el inmenso esfuerzo que ha supuesto poner en marcha la magna rehabilitación que la basílica del Apóstol llevaba aguardando desde los tiempos del canónigo López Ferreiro, quien a su vez tanto hizo -todo sea dicho de paso- por mantener vivo el legado de San Rosendo y por impulsar la restauración de Caaveiro. Cuando yo era niño escuchaba decir a veces que el sonido de las campanas de la catedral de Santiago podía llegar hasta nuestra casa -desde la que se veía un poco la ría de Ferrol, y casi la luz de la Torre de Hércules- si el aire quería traerlo. Y aunque yo no pueda decir que haya sido testigo de semejante prodigio, tampoco seré quien niegue la existencia de los milagros. Hace un par de días, mientras daba un paseo por los viejos caminos que llevan, entre los prados, a Santa María de Neda, me alcanzó la noche, y de la oscuridad surgió un caballo rubio que vino a que lo acariciase, y que después pareció desvanecerse entre las sombras. ¿Quién nos mandará, desde el otro lado del río, esos hermosos caballos que habitan el inmenso misterio que nos rodea?