Manifiesto


Ferrol

Hace un par de domingos, parafraseando unas ideas de Albert Camus, escribía yo aquí que lo normal en una persona con capacidad de reflexión, experiencia y cierta cultura es tener un criterio político y social propio, fundamentado en su manera de entender la vida, de respeto a la ética y a los derechos humanos. Pero ese criterio, progresista o conservador, no puede ser monolítico, recalcitrante y, menos que nada, despreciativo para los que no piensen lo mismo que él. Ni los partidos políticos ni nadie están en posesión de la verdad absoluta. Camus, premio Nobel de literatura y un gran luchador por la igualdad social y la libertad de pensamiento, no dudó en abandonar el Partido Comunista por su dogmatismo y por la laminación de las libertades del ciudadano. Siguió siendo un hombre comprometido con las causas humanas y sociales en las que creía, pero a su manera, con espíritu crítico y sin miedo a las críticas. «La ideología, sea cual sea, no puede encarcelar a las personas», dejó escrito el gran escritor francés.

Vuelvo sobre esto hoy a cuento del Manifiesto que acaban de firmar en EE.UU. escritores, pensadores y filósofos americanos, publicado esta semana en una revista de su país, y que tiene mucho que ver con el pensamiento de Camus. Son 154 intelectuales de gran influencia entre la población mundial. Todos ellos progresistas, no porque lo digan, sino porque así lo demuestran sus libros y sus obras. Los nombres de Shalman Rushdie, el autor de Versos satánicos, por cuyo libro estuvo muchos años escondido por una amenaza de muerte a la que el sector más fanático del Islam lo había sentenciado; de Noam Chomsky, prestigioso lingüista y filósofo y de la escritora Margaret Atwood dan una idea de la talla intelectual del conjunto de la lista. El Manifiesto nace de la idea de criticar los abusos racistas que se produjeron recientemente en USA, pero también muestra el desacuerdo de los firmantes con los excesos que se han vivido tras las razonables protestas. Condenan la avalancha de críticas y posicionamientos radicales que, de un tiempo a esta parte, está inundando el mundo de la información americana, en la cual están inmersos comentaristas y medios progresistas, cuando este era un recurso más propio de la derecha. Y condenan, muy especialmente, la intolerancia del nuevo progresismo hacia las opiniones opuestas, la moda de la humillación pública a quien no piense de igual manera y el ostracismo al que se condena al disidente. Todo este virus político está ganando fuerza en EE.UU., incluido el lado más progresista del espectro político. Proclaman que «el libre intercambio de información e ideas, que son el sustento vital de una sociedad liberal, está cada día volviéndose más estrecho». Y recuerdan que la restricción del debate, ya sea por parte de un gobierno represivo o una sociedad intolerante, perjudica a quienes tienen menos poder, reducen la capacidad de participación democrática y acaba poniendo en peligro a la propia democracia.

Me ha alegrado mucho la lectura de este manifiesto, y me alegraría aún más que los intelectuales progresistas españoles publicasen otro en esta misma línea. Por lo menos, podría servir para que nuestro Gobierno fuese transparente y para que su vicepresidente entendiese de una vez que la prensa libre, de distintas opciones y variadas tendencias, es necesaria. Y que no estar de acuerdo con él ni con su forma de entender los problemas de España es totalmente legítimo y mucho menos nocivo que normalizar los insultos.

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