De la lejanía y unos poemas


Ferrol

Hace un instante, apenas unos minutos, me encontré, en lo que antaño se llamaba la Calle del Olvido, con dos amigos a los que quiero y admiro mucho: Esperanza Piñeiro y Andrés Gómez, investigadores con los que este finisterre nuestro siempre estará en deuda por haber convertido en eternidad sus leyendas. Y estuvimos hablando de Laza, el municipio que conforma, junto a Verín y Xinzo, el Triángulo Máxico del entroido ourensán -al que tanto le quería Carlos Casares-, y que en consecuencia es una de las tres capitales de un carnaval que brilla con luz propia entre los más hermosos del mundo. Laza, como nadie ignora, es la patria de los peliqueiros, enmascarados cuyos disfraces, de una excepcional belleza, parecen estar invocando siempre a los habitantes del Reino de la Imaginación para que, a través de los caminos del misterio, acudan a nuestro encuentro y nos ayuden a espantar la tristeza. ¡Ojalá vengan...! El caso es que no me acordé de preguntarles a Andrés y a Esperanza cómo serían de verdad otras máscaras: las que en esta Galicia do Norte nuestra (en esta Última Bretaña que tiene su corazón espiritual en la Terra Chá y sus capitales en Ferrol y Mondoñedo) protagonizaron los entroidos del pasado en las viejas aldeas de un tiempo que ya no existe y del que, poco a poco, se va borrando el recuerdo. Me ha dado por pensar en esas máscaras, no sé por qué, mientras escribo esta columna, que en realidad siempre es una carta dirigida a todos ustedes, sobre esta mesa de mármol en la que al cuaderno, a la pluma y a mí nos acompaña el acostumbrado café solo, ahora descafeinado, mientras mucho me llevan la vida unos helados que estoy viendo. Estos días releo a Antonio Tabucchi, que era un escritor al que jamás se le debió negar el Nobel (aunque él no tenía interés alguno en recibirlo, de hecho decía que escribir era algo demasiado hermoso para pensar en eso), y que te llamaba de repente, por teléfono, a media tarde, desde Lisboa, y hacía que todo, como la propia Lisboa, resplandeciese. Un día le presenté a Pepe Seoane, frente al Derby, y me dijo que pocas veces había conocido a alguien tan inteligente. Ojalá Antonio estuviese aquí. Me gustaría darle a leer unos poemas de Carlos Vidal y de Medos Romero. Qué cosa tan extraña es vivir, ¿verdad?. Creo que finalmente me comeré un helado, mientras pienso en ello. De limón. Uno pequeño.

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