En los desvanes del paraíso


Todo es opinable, claro, y en lo que atañe a esta cuestión no sé qué pensarán ustedes, pero a mí me parece que uno de los grandes logros de la arquitectura, mayormente por la parte de los sueños, ha sido la creación de los desvanes de nuestra infancia. Unos desvanes que siempre han jugado un papel decisivo en el ámbito de la imaginación, aunque su contribución a la literatura no sea tan relevante como el hecho de tener o haber tenido una abuela gallega. La importancia de contar con una abuela gallega a la hora de adentrarse en el mundo de la fabulación es un asunto del que ya se ocupó en su momento Gabriel García Márquez. El escritor colombiano (que algún desván tendría también, por supuesto) decía haber heredado de su abuela Tranquilina -señora que por lo visto era descendiente de emigrantes gallegos que cruzaron el Atlántico en busca de una vida mejor- el arte de contar historias. Un arte que al autor de Cien años de soledad le permitió convertir para la eternidad en Macondo lo que en los mapas se llama Aracataca. Pero sin irnos tan lejos, permítanme rendir hoy un pequeño homenaje a aquellos desvanes que en nuestra niñez, aunque a veces nos diesen un poco de miedo, fueron, sobre todo, la puerta de entrada al reino de la fantasía. Y que, si además estaban en casa de la abuela, se convertían, directamente, en una sucursal del paraíso. Desvanes, coronados por las chimeneas de la casa, sobre cuyas tejas se escuchaban el arrullo y el vuelo de aquellas palomas buchonas de tantos colores que jugaban con el viento luciéndose con la chulería de un pavo. Lugares en los que de las vigas, entre espejos cubiertos con paños que los protegían del paso del tiempo, colgaban retratos en blanco y negro de las sombras de antaño. Siempre había, en aquellos desvanes, arcones que guardaban dentro de sí desde cartas escritas con letra indescifrable hasta botellas de cristal tallado, viejos libros de láminas, extrañas ropas cuidadosamente dobladas, algún reloj de agujas doradas y esfera de nácar, discos de pizarra, una cámara fotográfica de fuelle e incluso una capa de tuno con cintas bordadas. También estaban allí, en grandes cajas de cartón, las figuras del Nacimiento. En medio del hastial se abría una pequeña ventana de una sola hoja, pintada de verde, que miraba al Poniente. A lo lejos se veía el Océano. Seguro que era un lugar que conocían muy bien los Reyes Magos.

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