El radar

José Varela FAÍSCAS

FERROL

21 jun 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Me costó, soy bastante lento de reflejos, pero al final caí de la burra. Ahora sé de buena, y mucha, tinta que las señales de tráfico son esas vistosas chapas de colores, muchas de ellas con números, encaramadas sobre una barra metálica que proliferan en las orillas de las carreteras. También las hay dibujadas sobre el asfalto, instaladas en arcos sobre los viales y hasta con lucerío. Su valor es semejante al de las bolitas de los árboles de Navidad: un ornato para solaz del conductor. Así, uno puede circular a ochenta kilómetros por hora y ver pasar tranquilamente una de esas chapas redondas con el 50 pintado en medio de un círculo rojo, y seguir tan pancho a ochenta. Por eso es comprensible el monumental cabreo de los volantistas que frecuentan la carretera de acceso al puerto que, después de advertir el anuncio de la presencia de una cámara con cinemómetro y una limitación de velocidad a 50 km/h y mantienen su marcha a 80 o 70 km/h frente al artilugio, se enteran de que han sido sancionados por exceso de velocidad. Es comprensible, pues, que pongan el grito en el cielo y su dinero a buen recaudo, no vaya a ser que la Administración tenga el caprichoso empeño de querer cobrarles la multa. Voraz afán recaudatorio, si es que el Estado es insaciable. Claro que como el Derecho es en buena parte forma, hasta puede que, como la disfrazada Porcia en El mercader de Venecia, algún letrado habilidoso halle la grieta por la que frustrar este monstruoso y palmario abuso de poder. Aunque, bien mirado, pese a las eventuales argucias leguleyas, eppur si muove. Dicho en román paladino: a los multados los pillaron con el carrito del helado. Desbocado, eso sí.