Mucho que recuperar


Mis paseos (en un extraño horario que obliga a los mayores de setenta años por razones que ya no se entienden) tienen el encanto de la luz y de la sombra, que se mezclan en las esquinas cuando las doblo con recelo por si…

Pero, sobre todo, tienen el calor de las presencias, reales o imaginadas, de personas a las que quiero adivinar detrás de la mascarilla y las abrazo en la distancia, buscando su corazón en el mío, hasta que la normalidad, sin adjetivos innecesarios, vuelva a nuestras vidas.

Hay mucho que recuperar y necesitamos una terapia que comience con un intangible vital: confianza. Como siempre, me sumo al mensaje de Rafael Nadal: la remontada es cosa de todos. Él que la buscó, la consiguió y supo transmitirnos que se puede, que siempre es posible doblegar «al enemigo» si uno es capaz de mirarlo de frente, desde la fortaleza interior que da la determinación de afrontar la realidad con coraje, con valentía y sin enmascarar la verdad.

Porque Nadal no conoce la impostura. Personalmente me motivó más su mensaje, que nace de la convicción y de la empatía, que los cientos de horas de monólogo en el plasma.

Es imposible que desde un frío atril, con la cara sin atisbo de emoción o de ternura para los que perdieron a los suyos antes de tiempo, se pueda sembrar esperanza o confianza.

Para conseguirlo hay que poner los pies sobre la pista, regarla con gotas de sudor, apretar los dientes para alcanzar la pelota que se marcha… acercarse a los que sufren, aliviar sus carencias con la justicia y la grandeza que exige ser el presidente de todos, sin exclusiones ni privilegios… insoportables.

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