Ver a todas horas los mismos lugares a través de la misma ventana -y digo los mismos lugares, no el mismo paisaje, porque aquí, donde Europa comienza, todo los paisajes son distintos conforme la luz va cambiando- hace que pierdas un poco el sentido de la distancia. O el sentido de la lejanía y de la cercanía, que son -permítaseme el matiz para tratar de explicarme- los que nos recuerdan que los mapas, además de dibujos muy bellos, son ante todo una representación, más o menos fiel, de la realidad. Frente a mi ventana tengo el agua que trae desde Sillobre un pequeño río que en su curso alto se llama Sáa, pero que aquí, conforme se va acercando al mar, adquiere el nombre de Cádavo. Y en el horizonte, allá en lo alto -algunos días desvaneciéndose en la niebla o envolviéndose en las nubes bajas que a veces los abrazan-, los montes de Magalofes. Todo cuanto está más allá de mi mirada, no tengo otro remedio que soñarlo. De manera que casi el mundo entero es ahora, para mí, un lugar lejano. Hace un par de días falleció una persona a la que yo quería y admiraba extraordinariamente, y en medio de este confinamiento sus amigos no pudimos ir a decirle adiós. Hoy no dejo de pensar en quienes, en estas circunstancias, no pudieron despedirse, tampoco, de los familiares que perdieron. Y sobre todo en quienes terminaron sus días en estas circunstancias terribles, que han traído consigo, además de la mayor de las incertidumbres, toda esta infinita soledad. Las fragas del Eume y los acantilados del Ortegal me parecen a esta hora tan lejanos como Florencia y Roma. En cambio, y a Dios gracias, a ustedes, aunque tampoco los veo, los siento más cerca cada día que pasa.