Hoy se levanta la veda de la pesca fluvial en los ríos más humildes, también en Ferrolterra. Los caudalosos habrán de esperar a mayo. La mermada cofradía de pescantines, además de vérselas con las escurridizas truchas, tendrá oportunidad de observar desde primera fila lo que puede ser la ruina del paisaje ribereño. Hasta ahora, la política autonómica de protección de la naturaleza amparaba legalmente las plantas de la orilla fluvial, una singular asociación vegetal. Esta flora se desarrolla en un espacio de uso público y, consecuentemente, franqueable, y tutelada por la Administración. Para actuar sobre ella era obligada la previa autorización de la Xunta. Eso se acabó. En estos momentos, como los recortes de Feijoo no solo menguan la sanidad y la educación, Medio Ambiente dice que sus medios humanos están desbordados con las peticiones de talas ribereñas. Para resolver el embolado, qué mejor que barra libre. ¿Recuerdan el ‘ti vai facendo’ de las obras caciqueadas en la zona rural? Pues ahora al trampantojo le llaman relación de confianza, y primero se talan los alisos, robles, fresnos o sauces y después, si llegase el caso, se comprueba cómo de salvaje es la desfeita (lo seguro es que llegará al río). Así, tal cual. Los pescadores de truchas podrían documentar una enciclopedia de los horrores medioambientales perpetrados en torno a los regatos. A partir de ahora, todas las páginas del viejo Espasa se les quedarán escasas. La dicharachera conselleira del ramo, muy ocupada en hurgar en el diccionario de sinónimos para localizar el improperio del día contra Ábalos, falsea que lo que se nos viene encima es lo más moderno. Pobres ríos, pobres fontes.