Eume, el río


Del Eume, tan maravilloso río, me hablaba ayer mismo el profesor Víctor Alonso, historiador, catedrático de la Universidade da Coruña y, como alguna vez he contado ya, uno de esos hombres que se conmueven al releer los cantos homéricos para ver a Ulises, que es quien mejor nos enseña, mientras retorna a Ítaca, que todo verdadero viaje es un regreso. Cuenta Víctor que en la leyenda primigenia, en la que tan viva permaneció durante siglos, quien invita al Eume, en la Serra do Xistral, a echarse a andar hacia donde remata la tierra -a él y, a la vez, a sus hermanos el Landro y el Masma, que desembocan respectivamente en Viveiro y en Foz- es la voz del mar, que les habla a los ríos con las palabras de un dios pagano, incitándolos a ir al encuentro de su destino. El Landro y el Masma guardan dentro de sí la luz de los ojos de viejos mariscales sin suerte, como Pardo de Cela, además de la de algún santo milagrosísimo, como aquel obispo Gonzalo que hundía naves vikingas a fuerza de avemarías. Así que uno no puede dejar de quererles; incluso de quererles cada vez más (todos los ríos son algo parientes nuestros), conforme va pasando el tiempo. Pero el Eume -cuya desembocadura conoce tan bien Álvaro Espilla, el propietario de la recordada librería Helios- es parte de nuestra propia vida. Todas las tierras del Eume, desde la fuente de la que nace en el Xistral hasta su desembocadura en Pontedeume, que es donde se funde con el Océano, son paisajes especialmente venerados para quienes siempre las llevaremos en el corazón. Los ríos, muy a menudo, también son literatura. Y su música es como un verso de Ramiro Fonte, de Xulio López Valcárcel o de Fernán-Vello.

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