Los partidos políticos gallegos ya empiezan a acumular gasolina en las salas de máquinas de Santiago para cuando el presidente de la Xunta señale el día de autos y se pongan en marcha las elecciones autonómicas, estar preparados para el avante toda que llenará el país de ruido producido por los aspirantes a dar Galicia nuevos políticos, unos nos someterán a las habituales murgas con sus peroratas, otros sobrevolarán realidades como en el caso de la ciudad de Ferrol, cuya gente ha sido pionera en las reivindicaciones sociales y ahora, como no hay nada que reivindicar, esto está de mal en peor, y la pérdida escandalosa de población en los últimos años, lo viene a demostrar.
A la vista de ello, sugiero que a los aspirantes a sustituir a la presidencia de la Xunta, antes de presentar el credencial al candidato, sería razonable obligar a pasar un examen sobre la historia de las ciudades gallegas, sus necesidades y proyectos, y así conoceríamos los votantes los que van de farol, y los que no.
Y como no va a ser así, recomiendo a los ferrolanos que analicen a fondo a los candidatos locales, pues los actuales representantes en Santiago acumularon muchos déficits ante el acontecer en su ciudad, y como esta historia será un volver a empezar, merece la pena no perder esta oportunidad de votar, pero a los mejores, sean del color que sean, a ver si de una vez salimos todos de este paisaje económico, que expulsa a la gente de esta tierra, porque el manual que se vino aplicando a esta ciudad, que amplía su implantación internacional de Galicia, por varios motivos, pero los ineficaces políticos que hemos aportado al esculturismo compostelano, solo han servido para sosegar a los suyos, por eso muchos tomaron las de villa diego y se marcharon agobiados a probar una nueva épica, y vivir más boyantes.
En definitiva, con esta emotividad prepolítica y mi arraigo vital por esta ciudad y como sé que no es fácil de modificar los elementos electorales y constitucionales del sistema. Aprovecho para recordar que a los políticos en la Grecia clásica, se les exigía que fueran ciudadanos de primeras clase con prestigio social y merecedores de respeto y consideración. Y añado, que no mientan, cumplan con su palabra dada y sean ferrolanos de corazón.