Nuevas magias


Entre los más raros dones que adornan a los santos está el don de la bilocación, cualidad harto infrecuente que permite estar en dos lugares a la vez. Pero, puestos a mencionar dones asombrosos, pocos hay, en mi opinión, como el de la ubicuidad, que es el que hace posible estar al mismo tiempo en todas partes. Un don, este último, que, por lo que sé, solo poseen los Señores Reyes Magos de Oriente. Y que precisamente es el que permitirá mañana, a don Melchor, don Gaspar y don Baltasar, estar -a la vez que en el pensamiento de Dios, que es su palacio verdadero- en un casi infinito número de cabalgatas. Además, vestidos con un traje distinto en cada una de ellas. Aún hay quien no cree en los Reyes Magos, aunque tampoco es de extrañar: en la viña del Señor ha de haber de todo. Yo, sin embargo, puedo dar fe de que siguen estando ahí, y tan generosos como de costumbre, puesto que a mí este año ya me han traído, y sin necesidad de esperar por la madrugada de su propia fiesta, un cuaderno muy bonito, además de un ejemplar de la nueva edición de Obabakoak, de Bernardo Atxaga, que tiene ilustraciones muy bellas. Y eso que esta vez tampoco les he escrito a Sus Majestades la carta que es tradición. Ya no está uno en edad de pedir cosas para sí mismo. Lo que yo querría, eso sí, como decían en las viejas plegarias de mi casa, es que «todo o mundo teña que comer e onde abrigarse». Me gustaría, además, que a ningún niño le faltase el futuro, y que ningún anciano se sintiese solo. Y también me haría muy feliz que le diesen el Premio Nobel a Basilio Losada, el mejor contador de historias que he conocido, y a esa extraordinaria poeta que es Luz Pozo Garza.

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