Vaya por delante, y vuelvo a aclararlo, que no tengo nada contra Papá Noel, que además este año -y sin esperar siquiera a la Nochebuena- ya me ha hecho llegar una agenda del 2020. El hecho de ser un gran devoto de los Señores Reyes Magos de Oriente no me impide tener a Santa Klaus -como también hay quien le llama- en la más alta de las consideraciones. No obstante, todos somos hijos de nuestra propia historia, y lo cierto es que en mi ya lejana infancia Papá Noel venía muy poco por aquí, y si acaso te hacía llegar un pequeño cuento, de aquellos troquelados -que entonces nos gustaban tanto-, o una mandarina de caramelo. Los Reyes Magos, en cambio, además de traer también algunos libros -pero ya en ediciones un poco más sólidas, muy bien encuadernadas todas ellas-, te regalaban varios juguetes, entre los que no solían faltar ni las cajas de vaqueros ni aquellos maravillosos Madelman a los que recuerdo con tanto afecto, y entre los que mis preferidos (no sé cuáles serían los de ustedes) eran el explorador polar con su correspondiente trineo, el buzo de magnífica escafandra y el montañero. He de confesarles, además, que, a diferencia de lo que me sucedió con los Reyes Magos, a Papá Noel no llegué a verlo nunca, ni de cerca ni de lejos. Y eso a uno lo condiciona, naturalmente. No obstante, y si bien es cierto que no le he escrito carta alguna (creo recordar que una vez, siendo yo niño, me escribió él a mí; y ojalá hubiese conservado esa carta, como conservaron las suyas los hijos de Tolkien), me atrevo a pedirle que sea muy generoso con todos ustedes. Feliz Navidad, queridos amigos. E incluso en pleno invierno, que su vida sea siempre primavera.