Resistencia


El mundo, la realidad, no siempre entiende, y menos acata por las buenas, los esfuerzos de los humanos por alterarlo. La incomprensión es recíproca. Las corrientes de agua que son objeto de menosprecio por parte de la ingeniería y la arquitectura, con frecuencia se toman la revancha en forma de desbordamientos e inundaciones: se sacuden del lomo la prepotencia técnica. Las playas juegan al gato y al ratón con las retroexcavadoras cuando intentan modificar su disposición natural: nos negamos a escucharlas, con lo claro que hablan: hay que convivir, no someter. Hasta los chiquillos oponen resistencia a los cambios de conducta que se les imponen bajo el pretexto de su bienestar futuro -por cierto, ¿en qué momento se asentó el axioma de la indiscutible autoridad de los pediatras clínicos sobre la conducta de los niños, solapando el dictamen de los psicólogos, los terapeutas familiares, los pedagogos, los docentes, los psiquiatras, los expertos en didáctica..?-. Bueno, en realidad, lo que acabo de expresar no es sino una descoyuntada digresión para llegar a lo verdaderamente esencial: mi pasmo ante la insobornable tozudez del bache que sirve de nexo, o frontera, entre el ramal de salida de la autopista hacia Canido y la carretera de Santa Mariña. Reconozco que cuenta con un antecedente memorable: aún evoco con melancolía aquel soberbio socavón sobre un manantial incontinente en la carretera de Catabois, también en la intersección con el acceso a la AP-9, aquel hoyo era un auténtico Asterix frente a la pugnacidad de las brigadas de obras del ayuntamiento. Aquello sí era resistencia heroica antiasfáltica. Pero los baches ya no son lo que eran. Qué tiempos.

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