Encuentros


La voz autorizada de Camilo José Cela, amparada en la Fundación que lleva su nombre, consiguió reunir en Julio de 1998 un Encuentro de jóvenes escritores para que reflexionasen y debatiesen sobre literatura y el mundo literario. Y en Iria Flavia se dieron cita en aquella ocasión unos jóvenes y prometedores escritores y escritoras que con el paso del tiempo han acabado afianzándose en la literatura española. Nombres como Luisa Castro, Javier Cercas, Juan Manuel de Prada, Lucía Etxebarría, Óscar Esquivias, Luis García Jambrina, Antonio Orejudo, Blanca Riestra, Lorenzo Silva, Ángela Vallvey -entre otros, hasta llegar a la veintena-, configuran hoy un panorama importante dentro de la literatura en castellano. Repitieron un segundo Encuentro en el 2008, y la semana pasada volvieron a reunirse en la Fundación Cela para celebrar el tercero. Tuve la suerte de compartir con ellos los tres días de este último, y reconozco que fue una experiencia muy grata, porque hablar de literatura, de la necesidad de su presencia, de sus circunstancias y problemas, es un tema favorito para todos los que allí estábamos, y, además, el lugar era el idóneo para ello. Y uno de los asuntos que mereció una reflexión especial fue el poder enorme que han alcanzado en la actualidad las redes sociales, como medio de entretenimiento y comunicación. Y, por lo mismo, si estos nuevos cauces tecnológicos acabarán afectando a la lectura de libros, tanto en el soporte tradicional de papel, como en el electrónico. La opinión mayoritaria era muy optimista. Creen que la tecnología está muy sobrevalorada, que pasará esta euforia por la producción audiovisual, y que nunca terminará con la lectura. Sin negar el potencial innegable de los medios audiovisuales, entendían que el libro sigue siendo el instrumento perfecto para transmitir ideas y sentimientos, por lo que resulta básico e insustituible para la formación del ser humano. La lectura, además, acaba convirtiéndose siempre en el espacio de libertad personal para el lector, un espacio del que nadie lo podrá expulsar, donde la imaginación de cada cual puede volar sin rendir cuentas a nadie.

Sin ponerle una sola objeción a este razonamiento, yo, sin embargo, no veo tan claro el futuro que le espera al libro, a la lectura, y a la literatura. Estamos viendo lo que ocurre ya desde hace años con la televisión: el deporte, por ejemplo, tiene una enorme presencia en la pantalla; los programas del corazón y del famoseo, cada vez aumentan en todas las cadenas. En cambio, la cultura ha desaparecido, prácticamente, de la programación televisiva. Si a esto añadimos que el estudio de la literatura ha sido casi desterrado de los programas de la Enseñanza Secundaria, en inexplicable beneficio de una gramática exigente en morfología y sintaxis, uno no puede ser optimista. De hecho, la Generalitat llegó a anunciar el proyecto de sacar la literatura de las aulas, aunque luego no se decidiera a ejecutarlo, según nos lo recordaba en un artículo el gran narrador catalán Quim Monzó.

Pero todo se andará, desgraciadamente, porque el sentido práctico de la vida que tienen los que nos gobiernan, que se sustenta en una enorme incultura, no es capaz de valorar algo tan importante y necesario como la literatura, alimento necesario para el espíritu.

Al final, todos confiamos en que este grupo de escritores no sea la última generación que se educó en el amor a los libros, a las bibliotecas, a las librerías y a la literatura.

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