Las pequeñas cosas


Ferrol

No siempre las horas que se pasan en la sala de espera de una consulta médica resultan tiempo perdido. Aguardando mi turno, pude escuchar la conversación de dos señores sentados a mi lado, que me sirvió de lección inesperada. Yo empecé mi espera leyendo el periódico del día, pero me fue ganando, por un lado el tema que trataban, y por otro, el buen nivel narrador que ambos tenían. Además, hablaban de algo completamente distinto -y más interesante- de lo que yo estaba leyendo en ese momento. El contraste era evidente, pues yo curioseaba un informe sobre las grandes mansiones (casoplones, según dice ya la RAE) que se han construido los hombres más ricos del mundo (gente del nivel de Bill Gates y así…) en donde se hablaba de embarcaderos privados, de piscinas, gimnasios, bibliotecas, cines, docenas de garajes y cuartos de baño… Y estos dos hombres hablaban de lo poco que se necesita cuando uno es mayor, de las pocas cosas importantes de verdad que se necesitan en la vida. Los dos, octogenarios lúcidos, vecinos de un pueblo de la costa ferrolana. Uno vivió siempre en ese mundo rural, y el otro, con un trabajo en la antigua Bazán, alternaba la ciudad con los fines de semana en la casa de la aldea, adonde se retiró hace años tras jubilarse. Lo que llamó mi atención e hizo desentenderme del periódico fue la afirmación de uno, el más locuaz, de que ahora empezaba él a entender a su padre, que en los últimos diez años de vida, se había ido desprendiendo de todo lo material prescindible e innecesario para disfrutar del día a día. Se había vuelto austero, severo en el orden y en la formalidad. «A mí me está pasando ya lo mismo», seguía diciendo este jubilado de Bazán, con memoria y admiración filial, «me doy cuenta de que me interesan ya muy pocas cosas, pero todas ellas importantes: comer poco y sano, tomar mis pastillas puntualmente, el paseo mañanero por los alrededores de la casa para desentumecer las piernas, las visitas de mis hijos, que vienen cuando pueden, que no es mucho; hablar con los nietos, un chico y una chica que me ponen al tanto de cómo vive hoy la juventud; y hacerle buena compañía a mi mujer, con una salud más delicada que la mía. Todo lo demás, dinero, lujos, ostentaciones sociales, que en otros tiempos pudo llamarme más o menos la atención, hoy lo veo absolutamente artificial y sin ningún sentido».

Comentarios semejantes los hubieran firmado el emperador Marco Aurelio o el poeta Jorge Manrique, entre otros muchos ilustres escritores que reflexionaron sobre la vaciedad de los bienes materiales de la vida, y que mi respetable vecino de sala seguramente desconocerá absolutamente. Pero no importa, su criterio personal, extraído de su experiencia, entronca con lo mejor del pensamiento de gente ilustrada. Lo mismo que los comentarios del otro interlocutor, que me recordaron reflexiones poéticas que podían firmar Virgilio o Fray Luis de León. «Pues yo, cuidando mi huerto lleno cada día de utilidad y satisfacción: recoger ahora las nueces, castañas, manzanas, uvas… y poder repartirlas entre los familiares y amigos; podar la parra y los árboles frutales en enero, hablar sin prisas con los vecinos en el paseo diario, disfrutar del sol o ver cómo llueve vida en forma de agua para el campo… Esas son mis alegrías y preocupaciones diarias».

Y mientras escribo esto en casa, para completar la lección aprendida, escucho a Mercedes Sosa con su «Canción de las pequeñas cosas». Una tarde bien aprovechada.

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