Este otoño se está presentando de una manera que no me agrada. Desde siempre sé que hay que recibirlo con un talante animoso para defendernos de la capa de melancolía con la que aparece por el mes de octubre. Con su llegada, poetas y artistas sintieron siempre, en su ánimo y en su sensibilidad, la sutil nostalgia de un vacío existencial cuyo origen nunca pudieron detectar. Pero este año, esa buena y necesaria disposición anímica se ve lastrada por el desasosiego y la desesperanza. Somos muchos a los que nos pesan los hechos que se han vivido la semana pasada en Cataluña. Creo que a ningún español le puede resultar indiferente ver cómo la rica, moderna y culta Barcelona es devastada por el fanatismo, el odio, la sinrazón y el salvajismo. La furia destructiva estuvo protagonizada por gente joven, pero más grave aún es la complacencia ante esos hechos de una gran parte de la población adulta independentista, por no hablar de los responsables de las instituciones políticas catalanas. Si estos alborotadores CDR -increíblemente, muchos universitarios de primeros cursos- no contasen con la simpatía y el apoyo de los mayores, empezando por sus propios padres, la violencia desatada no sería tan destructiva ni se alargaría tantos días. Lo que allí pasó es muy difícil de entender para la gente que está distanciada de semejante fanatismo político. No logramos comprenderlo. Y eso que la literatura nos ha ayudado a sospechar que el mundo catalán encierra en sí mismo contradicciones difícilmente explicables.
Estos días recordé dos novelas que, aparte de la gran calidad literaria que tienen, me sorprendieron por el trasfondo histórico y social de Barcelona que en ellas se refleja. La primera en el tiempo fue Últimas tardes con Teresa (1965) del novelista barcelonés Juan Marsé, ya un clásico en la literatura española. En ella se nos cuenta la historia sentimental de una pareja de impostores: Manolo, «Pijoaparte», joven, charnego, moreno y guapo, que se dedica a robar motos, pero que se hace pasar por un obrero de ideas revolucionarias; y Teresa, rubia y universitaria, perteneciente a la alta burguesía catalana. Él quiere ascender al mundo privilegiado de ella, y la joven, mostrarse como una chica progresista y sin prejuicios. También se ve cómo el catalanismo rancio de los padres está al servicio de sus privilegios de clase y les sirve para defender sus intereses. La relación sentimental termina en fracaso cuando Teresa se entera de la condición marginal de Manolo y de que no era ese líder revolucionario del que podía presumir ante sus amigos universitarios… Estas contradicciones e imposturas ya las detectó el autor a mediados del siglo pasado, tiempo en que transcurren los hechos. La segunda novela a la que me refería es La verdad sobre el caso Savolta (1975) del también escritor barcelonés Eduardo Mendoza, buen conocedor del paño, como Marsé. Recrea el ambiente político y social de Barcelona en los años 1917 y 1919 (¡vaya coincidencia de fechas!), una época de gran inseguridad por la lucha de la clase obrera contra la burguesía catalana, que trata de mantener sus privilegios sin importarle para ello asociarse con matones a sueldo que creen miedo y desorden en la ciudad. Justo cien años después, esta misma burguesía, ahora envuelta en un nacionalismo romántico, sigue siendo el generador de energía para todo el independentismo catalán. ¿Qué es lo que ganan con ello? Pues, proteger sus intereses, como siempre.