Memoria del pan


Leo de madrugada, profundamente conmovido, Herbario de sombras, el bellísimo nuevo libro de José María Jurado («Camino bajo el peso de los siglos / por capillas y naves de humo y fuego...»); y, como él, también hoy me acuerdo de Cervantes. José María lo recuerda, a través de sus versos, en la sevillana iglesia de San Lorenzo. Yo aquí, donde Europa comienza, porque, junto al último poemario del escritor andaluz, también tengo a mi lado, en el silencio de la noche, un ejemplar de la Epístolas familiares de Fray Antonio de Guevara, a quien el propio Cervantes cita en el prólogo del Quijote dejando constancia, además, de que era obispo de Mondoñedo. A Mondoñedo, por cierto, volveré (hay lugares, como más de una vez hemos dicho, a los que no se va, sino que siempre se vuelve) la semana próxima, si Dios quiere. Y no una, sino dos veces. El viernes, para celebrar el Día Grande das San Lucas, de tan hermosos caballos; y el sábado, para asistir a la conmemoración de los ocho siglos de historia que envuelven a la catedral mindoniense. Estos días -y discúlpenme la confidencia- me dio por pensar que ambas fechas iban a ser, para mí, especialmente tristes, porque no podría evitar echar en falta a quienes ahora habitan lo que nosotros llamamos muerte. Pero esa sensación desapareció, casi de repente, al darme cuenta de que todos estarán en realidad allí, acompañándonos, aunque nuestros ojos no sepan verlos detrás de la niebla. Meus Padriños, que se llamaban Ramón y Carmen y que cocían el pan en su casa de Pedre, decían que en este mundo hay que «facer todo o ben que se poida, sen mirar a quen». Bajo esta luz del otoño me acuerdo mucho de ellos.

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