Isla de Ulises


Al igual que Gonzalo Torrente Ballester, Luis García Jambrina (Zamora, 1960) es uno de esos hombres de letras, con Salamanca como telón de fondo (la misma Salamanca que preservará eternamente viva la memoria de Unamuno, si se me permite hacer un brevísimo inciso para anotarlo), en los que se da la doble condición de escritor y profesor de literatura. Cosa que, como cualquiera puede suponer, lo sitúa en el corazón de las letras, de una u otra forma, todo el rato. Ahora publica una nueva novela, El manuscrito de aire (Espasa). Un libro de una prosa magnífica, como todos los suyos; y repleto, por cierto, de un inmenso amor por los clásicos. Menos mal que, en este nuevo tiempo de hierro, aún nos quedan los libros, esos amigos tan leales. Decía el Señor de Montaigne en sus Ensayos (la cita la incluye Jambrina en el pórtico de su novela, y viene mucho al caso) que a los «caníbales» podremos llamarles bárbaros atendiendo a lo que «dicta la razón», pero «no si los comparamos con nosotros», que hemos ido mucho más lejos aún que ellos «en toda clase de barbarie». A García Jambrina, cuyo nuevo libro, con Fernando de Rojas dentro, nos traslada a ese siglo XVI que le es tan querido (y al Nuevo Mundo), le tenía un gran afecto Carlos Casares. La última vez que vi a Luis fue en el Encuentro de las Letras Españolas dedicado a Cervantes. Hablamos mucho, él y yo, de Fray Antonio de Guevara, a quien se cita en el prólogo del Quijote, y de sus maravillosas Epístolas familiares. También le conté que escribo en un cuaderno el nombre de quienes ya se han ido, y que tal vez nos estén escuchando. Ulises, sin una isla a la que volver, no sería nada. Permítasenos seguir soñando.

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