Café amargo


Mientras espero a un amigo para un café, me entretengo leyendo en el periódico una noticia que me molesta. Lo malo es que solo me molesta, ya ni siquiera me indigna, que sería lo más lógico, pero en este país estamos ya acostumbrados a que no todos seamos tratados de igual manera por las instituciones que deben aplicar la Ley. Me estoy enterando de que a la familia Pujol le acaban de descubrir en Suiza veintiséis millones de euros. Cantidad que hay que sumar a otras también millonarias ya destapadas en Andorra, Luxemburgo e Islas Vírgenes. Y no pasa nada. Parece que es solo la policía la empeñada en descubrir la enorme cantidad de dinero que el honorable Pujol «heredó» de su padre. Van allá más de cuatro años y con el patriarca de la familia nadie ha osado meterse. Alguna escaramuza, para despistar, con un hijo que metieron en la cárcel para salir a los pocos días tan ufano como entró. Decididamente, este es un país distinto y disparatado, pienso mientras cierro el periódico porque está llegando mi amigo.

Para empezar a hablar, le comento la gran estafa que esta honrada familia ha llevado a cabo mientras políticos y jueces le reían las gracias, y eso desata una retahíla de quejas por parte de mi amigo contra las injusticias que se dan en nuestro país, en donde un pobre puede ir a la cárcel por robar una gallina, pero un rico ni la pisa después de robar millones. Está especialmente sensibilizado con este tipo de injusticias penales y fiscales, pues me enseña una «Notificación de diligencia de embargo de cuentas bancarias» de la Agencia Tributaria en la que, por séptima vez, le reclaman 30 euros por un retraso en la declaración del IVA. «Lo más indignante es que hace ocho meses que ya los pagué; así se lo hice saber, pero no hay forma. Gastan en siete cartas certificadas más dinero de lo que supone la sanción, cuando, además, ya está pagada. ¿Pondrán tanto celo en reclamar millones a empresas, a políticos, a bancos y banqueros?». Y lo que iba a ser un café tranquilo y distendido se nos volvió amargo por los comentarios que fueron brotando según íbamos hablando. Estamos en verano, hace sol; las playas, atiborradas de gente; las terrazas, llenas de voces y colorido…, pero los dos coincidimos en que este país tiene unas sombras que empañan sus espléndidas luces. Y no lo decimos por la situación actual (sin gobierno y con una crisis muy seria a la puerta). Esto viene de muy atrás: es el resultado de una vieja cadena que empieza en la escuela y acaba en la clase dirigente. La injusticia fiscal y la desigualdad social nos han ido convirtiendo en un país sin ambiciones, que acepta resignadamente la mediocridad en la que nos movemos. Un país que ha modificado tres veces en tres décadas su sistema educativo consiguiendo poner a sus estudiantes a la cola del mundo desarrollado. Que teniendo dos Universidades entre las más antiguas de Europa, no consigue tener ni una sola entre las 150 mejores del mundo y obliga a sus investigadores a exiliarse a otros países para poder sobrevivir. Una nación con un gran complejo de serlo, que solo se atreve a mostrar su bandera nacional cuando hay algún éxito deportivo…, y no en todas partes. Un sistema fiscal que persigue con cartas certificadas el pago de 30 euros a un autónomo, y deja que los Pujol (y centenares como ellos) muevan millones de euros de aquí para allá durante años sin que a nadie le importe demasiado. Sí, le faltó azúcar a este café.

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