Aquel desván


Bueno, puede ser que me equivoque de nuevo. Pero yo apostaría un café, o más de uno, a que en la casa de sus recuerdos más queridos, en esa casa que estaba en el centro de un tiempo que ya no existe, había un desván. Y dando por sentado que sí, que así era (es decir, que estoy en lo cierto), yo los invitaría a cerrar los ojos durante un instante y a regresar allí durante unos minutos, remontando el río de los recuerdos. En aquellos desvanes del pasado abundaban los tesoros que hacen mejor la vida y cuestan muy poco dinero. Había fotos de gentes que no llegamos a conocer pero que, aunque entonces no pudiésemos saberlo, ya tenían, en sus viejos retratos en blanco y negro, el mismo aspecto que hoy nosotros tenemos. También había viejas escrituras de propiedad de tierras por lo general muy modestas, papeles en su mayoría del siglo XIX a los que a nosotros nos gustaba soñarles una antigüedad inmensa. Y estaba, por supuesto, la ropa de los que ya jamás volverían a ponérsela, que a nosotros nos venía de perlas para disfrazarnos cuando el carnaval, tan distinto del de hoy, se celebraba por los caminos, de puerta en puerta. Pudiera ser, incluso, que en el desván estuviesen también libros que nadie había vuelvo a abrir desde hacía muchísimo tiempo: volúmenes magníficamente encuadernados cuyas estampas mostraban todo tipo de maravillas: desde el Egipto que redescubrieron quienes viajaron, hasta las pirámides con Napoleón, hasta la secreta vida de las hormigas, pasando por las grandes nevadas que cubren la tierra de los cosacos durante el largo invierno. Vale la pena, para entender quiénes somos, volver al desván y mirarse un poco en sus espejos.

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