La rendición


Nunca se debería generalizar, claro. Pero yo creo que bien se puede decir, sin alejarse demasiado de la verdad, que, en contra de lo que sostiene el tópico, los que amamos mucho los libros no solemos ser grandes lectores. Entre otras razones, porque sentimos una desmedida pasión por el libro también como objeto, y cuando poseemos alguno que para nosotros es especialmente valioso, a menudo ni siquiera lo abrimos. A mí me ocurre eso, sin ir más lejos, con una primera edición de Las mocedades de Ulises, autografiada por el propio Cunqueiro, por la que siento un intenso afecto. Cada vez que quiero volver a ese libro, lo hago a través de una edición distinta. Y el ejemplar que el propio don Álvaro tuvo en sus manos procuro tocarlo lo menos posible, como si temiese profanarlo. Pero les ruego que me disculpen. En el fondo -han vuelto a salirme ramas, siempre se va uno hacia los lados-, de lo que quería hablarles era de otra cosa: de cómo los que necesitamos tener siempre libros cerca, llegada una cierta edad, intentamos leer tantos al mismo tiempo que a veces no le prestamos verdadera atención a ninguno. Y eso cuando se trata de nuevas publicaciones, porque a los clásicos volvemos aún con más frecuencia que antes, pero abriendo sus páginas al azar, como si estuviésemos ante un canto profético, o retornando directamente a aquellos pasajes que más nos agradan. Si me permiten una pequeña confidencia, el Quijote, libro que -es una obsesión como otra cualquiera- siempre preciso tener a mano, me entristece más cada día. Cada nueva lectura me resulta más amarga. Me da mucha pena ese Alonso Quijano que acaba por rendirse, que al final no quiere seguir soñando.

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