Los belenes y la teología


En el portal del edificio en el que vivo, una vecina entusiasta organizó un pequeño Belén para ambientarnos estas fiestas de Navidad. Es sencillo, como debe ser, y a mí me gustó especialmente que en el humilde portal -una pequeña cestita de mimbre- estén el Niño con su Madre y con San José, acompañados por un buey y una mula, como toda la vida. Porque hace unos años, cuando era Papa de verdad el ahora Papa emérito, nos desconcertó a todos los que fuimos niños hace muchos años, diciendo que ni buey, ni mula, ni otros animales estuvieron al lado del pesebre donde nació Jesús. Y nos quedamos con cara de tontos, después de haber visto tanta iconografía sacra y laica sobre el tema, en la que los dos animales estaban, casi con devoción, al lado del pesebre. A muchos, entre los cuales me cuento, fue pedirnos demasiado. Por muy infalible que sea el Papa, yo creo que en este asunto se excedió. A lo mejor fue por esto por lo que nunca me fue simpático Ratzinger, al parecer un gran teólogo, pero que nos chafaba investigando hasta estas nimiedades. Como la teología es una ciencia que se basa más en el sentimiento y en la fe que en la razón, y como desde la Edad Media los teólogos vienen elaborando sutilísimas distinciones bizantinas sobre la Divinidad, uno espera de ellos que apunten a lo alto y a lo esencial, y no a pontificar sobre menudencias. Aunque este Papa emérito siempre fue un poco aguafiestas. Seguro que muchos recuerdan, como yo, la buena noticia que en el verano de 1999 nos diera el Papa Wojtyla, cuando afirmó solemnemente que el Infierno no era un lugar físico, sino una situación, algo así como un malestar metafísico que sufríamos los pecadores en este mundo, pero que no se podría hablar de una condena eterna en el más allá. Tampoco habría ni Limbo de los Inocentes ni Purgatorio para purificar las almas. La inocencia y la maldad tendrían su premio y su castigo en esta vida. Pero nuestra alegría duró lo que tardó en subir al Papado Benedicto XVI. «El infierno existe y es eterno», sentenció. Y se acabó la fiesta. Decididamente, poco le tenemos que agradecer a este hombre pálido y enjuto, criado entre libros y bibliotecas, pero que seguramente no vio ni un buey ni una mula en su vida.

Porque en el Belén que se montaba en mi casa, estos dos animales eran presencias imprescindibles en el portal de cartón piedra, tan sencillo como el que dispuso este año nuestra vecina. Decía entonces mi abuela, que era quien se encargaba de montarlo, que el buey, con el vaho de su aliento vigoroso, le daba calor al Niño, y la mula descansaba porque había transportado hasta allí a la Virgen con el ajuar familiar que se necesita para dar a luz a un hijo. Todo era tan lógico que nadie lo ponía en duda. Su presencia era tan inocente que no añadía ni quitaba nada al misterio del Nacimiento. Por eso se podía haber ahorrado el Papa semejante precisión sin importancia. Y menos mal que no se le ocurrió decir que por allí no había ningún río, con el trabajo que me daba juntar el papel de plata de las chocolatinas, que se cubría luego con un cristal y se creaba así un riachuelo muy logrado, con lavanderas junto al puente que habían de cruzar los Reyes Magos cuando llegasen. Esa era mi aportación personal a ese Belén familiar y que, desde hoy, me comprometo a aportar el año que viene al de mi vecina, por si la mula y el buey, con tanto trasiego, tienen sed y quieren beber en él.

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