El ciudadano por la Constitución


La Audiencia de A Coruña emitió sentencia de muerte contra los Amantes de la Constitución. Fue el 8 de julio de 1815, a resultas de una denuncia presentada por Fray Nicolás de Castro ante el Inquisidor General contra toda la colección del periódico titulado El Ciudadano por la Constitución, publicado en La Coruña desde septiembre de 1812 hasta mayo de 1814, «con el mayor escándalo de todo el Reino de Galicia y de las provincias a donde llegaban estos partos del infierno». El periódico había sido creado por los liberales y librepensadores de la asociación Amantes de la Constitución, con la finalidad de defender y poner en práctica los valores de la Pepa, la Constitución aprobada por las Cortes de Cádiz de 1812. Permítanme recordarles el extraordinario papel que el ferrolano José Alonso López jugó tanto en la redacción del texto como en las ponencias y deliberaciones de otros muchos asuntos; igualmente participó en las tertulias liberales coruñesas del Café de la Esperanza, lugar en el que se estableció la asociación y se asentó la sede del periódico. El auto condenatorio dice, entre otras muchas cosas: «Por lo que resulta de esta causa se condena a D. Marcelino Calero y a D. José Connock, capitán de fragata de la Real Armada, como cabezas principales del Club del Café de la Esperanza y promotores del plan revolucionario bajo pretexto de beneficencia, a la pena ordinaria de la horca y la confiscación de sus bienes… Y en las mismas penas y con igual calidad que a los anteriores se condena al presbítero D. Manuel Pardo de Andrade, director del periódico, por lo que contra él resulta de estos autos…» Continúa con múltiples penas de presidio, destierros y multas a todos los defensores del texto constitucional, en muchos casos con la consideración de «horribles demócratas y revolucionarios». Así comenzó nuestra historia constitucional. La primera Constitución, la Pepa de 1812 fue derogada en 1814 por el infame Fernando VII. Le siguieron una carta magna conservadora en 1837, la de Isabel II en 1845, la Gloriosa de 1869, de nuevo otro texto conservador en 1876 y la de la II República en 1931. Un derrotero constitucional nada brillante -si analizamos sus frutos- creado entre los siglos XIX y XX en medio de guerras, alzamientos, dictaduras, dos repúblicas y una buena colección de monarcas con los que se puede aprender más de conductas psicopatológicas que de destreza política. Llegamos a la Constitución de 1978 fruto del diálogo, la razón y el anhelo por dejar atrás la dictadura franquista. España pasó del blanco y negro al color, del aislacionismo a ser una de las 20 democracias plenas del mundo, del terror a la libertad. Y lo hizo en buena hora.

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