«Mi primer sueldo lo gasté en lencería»

Dos amigas, Marta Sequeiro y Marga Díaz, se lanzaron a continuar con la corsetería que más les gustaba del centro: «Estamos felices, aquí se pasan las horas volando»


Ferrol / la voz

El pasado verano cerró una de las tiendas de lencería más antiguas de la ciudad: El Cisne. Meses antes el alma de este comercio, Mila Rodríguez, contaba que le daba mucha pena bajar la persiana tras 81 años de negocio familiar, pero no tenía relevo en casa para continuar. Pocos días después dos amigas quedaban para tomar un café y recordaban las veces que se habían parado ante el escaparate desde niñas. De la tristeza por el cierre de un comercio querido pasaron a la euforia cuando se les ocurrió la idea de seguir ellas con la tienda.

«Para mí fue un reciclaje total, porque yo soy peluquera, pero estoy muy contenta, porque siempre me gustó la lencería. Es más, mi primer sueldo me lo gasté en lencería», cuenta Marta Sequeiro a la que emociona que clientas o personas que admiraban El Cisne entren estos días solo para saludar, para felicitarles por atreverse a seguir con un negocio en el que no han cambiado nada. «Hemos añadido cosas para niños y pijamas para que los pequeños vayan a juego con sus papis», explica Marga Díaz, que ha trabajado en muchos locales de ropa. «Estuve en Benetton, Roberto Verino... Pero en El Cisne todo es mucho más especial, mucho más delicadito», cuenta.

Sin miedo

A ninguna de las dos les da miedo la competencia de cadenas que ofrecen precios muy bajos. «Es que no vendemos lo mismo. Aquí venían y seguirán viniendo personas que necesitan copas especiales y lo que ofrecemos es algo con mucha calidad, no de usar y tirar», explica Marga que también matiza que hay tarifas para todos los bolsillos. Ambas están encantadas con el local tras las primeras semanas en las que no han parado de ordenar, recibir a proveedores, muestrarios y clientes. «Estamos tan contentas que se nos pasa el tiempo volando, cuando llega la hora de cerrar nos preguntamos: ¿pero ya?», dice Marga sobre una apuesta que en su caso significa volver a tener un negocio propio tras 14 años con una peluquería que llevaba su nombre: «Vienen antiguas clientas y eso es todo un detalle, esa lealtad es la que te encuentras en negocios especiales como este», relata emocionada.

El valor sentimental de este espacio, como el de la mayoría de los pequeños comercios, es algo que les ha enganchado: «El trato y el servicio que se da es diferente, mucho más cercano, por eso no debemos dejar que cierren».

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