Incongruencias


Ferrol

Estoy leyendo en el periódico un informe sobre el aumento de la ludopatía entre los jóvenes españoles que es para echarse a temblar. Un psicólogo afirma que sólo en Galicia hay 10.000 menores de edad adictos ya a los juegos de azar y apuestas deportivas. Son chicos de Educación Secundaria, que apuestan en lugares físicos destinados a esto o por Internet, un acceso fácil desde su móvil. Muchos institutos están pidiendo ayuda a las Instituciones para que este problema empiece a ser tratado en las aulas por psicólogos y psiquiatras especialistas en el tema. El año pasado se han jugado en España más de 34.000 millones de euros. El mercado on line supone ya el 30 % de esta cantidad, y un porcentaje muy alto de este tipo de apuestas corresponde a jóvenes menores de edad. Bueno, pues mientras leo esta deprimente noticia, en la tele que tengo delante de mí están pasando machaconamente el anuncio de una casa de apuestas que invita a jugar prometiendo el oro y el moro por unos pocos euros. Y se ve que los empresarios del juego no tienen escrúpulos porque lo publicitan con la imagen de ídolos deportivos muy populares, de actores y presentadores conocidos, siempre figuras mediáticas para convencer mejor. Pero lo más dramático es que la administración pública, que conoce perfectamente el problema, no hace nada por evitarlo. A lo más que llega es a publicar un informe con números y porcentajes, como el que estoy leyendo, del daño que está haciendo a nuestros jóvenes esta lacra de la adicción al juego. Y de ahí no se pasa. Como en tantas otras cuestiones, en España solemos predicar una cosa y hacer la contraria (véase el caso de la fabricación de bombas, que menos mal que las hacemos muy inteligentes y van a matar muy poco y selectivamente…). 

Pero hoy parece que es el día de la concentración masiva de incongruencias, porque el primer anuncio que dan en la tele después del telediario de la noche (¡las que escuché viendo las noticias no cabrían en este artículo!) es el de un aparato que detecta los radares, fijos y móviles, que hay en las carreteras. No lo entiendo, porque me imagino que la DGT ubica los radares en lugares estratégicos con un fin: sancionar a quienes desobedecen las normas de circulación, especialmente con velocidades excesivas, por poner en peligro su propia vida y la de los demás. Más que recaudatorio, el radar tiene un fin disuasorio, o así debería ser. Pero con este aparato que se publicita (¡autorizado por la Administración, y por lo tanto, legal!) todo eso pierde sentido, y quien lo compre, será quien decida la forma de circular por la vía pública. Somos un país disparatado, lleno de paradojas e incongruencias. A estas dos que aludo yo aquí de forma testimonial por recientes, seguro que muchos lectores podrían añadir docenas y centenares, de todo tipo y variedad. Y lo malo es que esto viene de lejos: aún recuerdo el desconcierto que sentí al leer en el libro de Historia de mi bachillerato el episodio conocido como «Saco de Roma» (año 1527). Resulta que las tropas de un monarca tan defensor de la Fe católica frente al Protestantismo, como el emperador Carlos, saquearon Roma, secuestraron al Papa y se llevaron el oro y la plata de las ricas iglesias de la ciudad y del Vaticano. Rapiña sacrílega, por encima de las creencias religiosas. Yo creo que desde ahí arranca mi dificultad para poder entender este país, que predica una cosa y hace la contraria.

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