Cielo nocturno


Cuando ustedes, queridos amigos, lean esto, el día de hoy, un día de un calor verdaderamente extraordinario para tratarse de los del fin del verano, ya formará parte del pasado. Pero conviene no olvidar que la escritura habita un eterno presente casi mágico, en el que todos los tiempos son uno solo. De manera que me van a permitir (puesto que para mí es como si estuviesen ustedes aquí, a mi lado) que les comente, mientras les escribo sobre la acostumbrada mesa de mármol blanco -esta vez dejando que el café se enfríe para no añadirle aún más calor a estas horas de un septiembre tan soleado-, lo que en este momento estoy pensando: que esta noche, si Dios quiere, el cielo estará muy claro, y que en consecuencia se ha de ver perfectamente la Vía Láctea, ese Río Blanco del Firmamento que nos señala el Camino de Santiago. Cosa que en apariencia podría no estar del todo de acuerdo con los mapas -aunque tampoco pasa nada: los prodigios habitan su propia geografía, una geografía del milagro-, pero sí con el corazón, que a muchos nos dice siempre que, de una u otra forma, todos los caminos, además de a Roma, a nosotros nos llevan a donde el Apóstol tiene su sepulcro. Viene esto a cuento porque hace unos días estuve visitando el Pórtico de la Gloria, y verlo restaurado me causó una impresión tan honda que por momentos me costó mucho contener, con la emoción, las lágrimas. El cabildo catedralicio compostelano, presidido por su actual deán, Segundo Pérez López, ha devuelto todo su esplendor a la catedral y a sus caminos. Incluso no me extrañaría que en la propia Vía Láctea las estrellas brillasen a partir de ahora mucho más que antes.

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